Prólogo
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6.- Mil quinientos años después del Nacimiento le
llegó a la Ciencia la hora de su libertad. La tutela que había ejercido sobre
su cuerpo la Teología había llegado a su fin. Sólo que la situación no era la
misma. No se puede comparar Jesucristo mil quinientos años después de Moisés
con Galileo mil quinientos años después de Jesucristo. Pero en lo concerniente
al fin de la tutela de la Teología sobre la Ciencia sí había llegado la hora.
Hacia esa Hora habían estado caminando las manecillas del reloj del Tiempo. Si
los teólogos se escandalizaron de Galileo no era porque Dios hubiese dejado de
ser el espíritu que le inspira en el rostro aliento de vida a sus criaturas. Yo
diría que fue por todo lo contrario, fue porque la Teología había intentado monopolizar
ese aliento de vida y, al no conseguirlo, tenía por lógica que escandalizarse
de Dios. Pero estas cosas ya habían sido predichas. El verdadero problema en el
fondo de la independencia de la Ciencia nació después, cuando de los roces
surgió aquella sensación de libertad de quien se libera por fin de la
protección de una madre exageradamente, como diría yo, madonna. Sensación
creciente que, alimentada por la crítica de la razón independiente hacia una
iglesia anclada en sus comportamientos medievales, acabó por convertir al Mundo
Moderno a los distintos tipos de materialismos científicos.
7.- Dado aquel condicionamiento mental e intelectual
de la Ciencia Moderna difícilmente el progreso del conocimiento físico del
Universo podía converger al encuentro de su Creador. Aunque suene a crítica
destructiva, que no lo es, es un hecho que el fracaso de la Edad Moderna se
halla escrito en el legado que dejó a la Edad Atómica. Muchas ideas sobre
modelos cosmológicos posibles, cada uno la pieza de un rompecabezas que se
entreveía maravilloso pero que nadie podía ordenar. Al genio de Einstein y a su
generación les tocó elevar el Número a la condición de la Palabra, y con su
poder ordenar el Cosmos. (El loco que -según ellos- había en el genio condujo a
los sabios de la Edad Atómica a creerse que estaban en una carrera de relevos y
les había llegado el turno de correr. Con la fidelidad de los sabios a una
causa perdida los genios de la primera parte del siglo XX saltaron a la pista
que conducía al infierno de la guerra mundial. Cuando se dieron cuenta
quisieron parar el tren, pero ya era demasiado tarde, la inercia había de hacer
el resto).
8.- Ellos saltaron, y como Pilatos lavándose las
manos, se quitaron de en medio. ¡Nosotros, cómo no implicarlos en el nacimiento
del monstruo al que alimentaron con la leche de la ley del más fuerte y el pan
de la guerra como instrumento de progreso y evolución! Fue alimentado por la
doctrina del materialismo científico que el monstruo creció. Es decir, desde el
evangelio del más fuerte la Segunda Guerra Mundial era legítima. Debía
comenzar. Y comenzó. Afortunadamente para nosotros todo lo que tiene un
principio tiene un fin, y la Gran Guerra acabó. Huyendo de la derrota del
Fuerte los atletas de la Ciencia corrieron en todas direcciones y les
entregaron el testigo de la energía atómica a las dos grandes potencias
vencedoras del conflicto. Y vino a luz la Guerra Fría, que tuvo su origen en la
decisión Divina de armar a Caín y a Abel con la misma quijada para detener el
fratricidio mediante el miedo a la destrucción de ambos. Política maravillosa
de la que ahora todos gozamos de su fruto.
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9.- Pero la revolución tecnológica siguió su curso. Y
por uno de esas decisiones invisibles de la Providencia los ojos de la Ciencia
se abrieron y comenzaron a penetrar en las distancias astronómicas. Y según se
fue extendiendo el campo universal a los ojos telescópicos de la Civilización
aquél Universo del más Fuerte se fue evaporando, esfumándose como lo hace la
pompa de jabón que según sus creadores era. Atónitos, con los ojos incrédulos
del que ve cómo sus ídolos se tambalean en su pedestal y no pueden aguantar el
peso del terremoto que sacude los cimientos de la tierra, las últimas
generaciones de la Guerra Fría vieron cómo la religión de Einstein y su
doctrina cosmológica temblaban en su altar y no había nada que sus sacerdotes
pudieran hacer para impedirlo. La Realidad negaba la religión del materialismo
científico de nuevo. Primero negó su evangelio del más fuerte; luego negó su
doctrina de la necesidad de la guerra como instrumento biológico de
civilización, y ahora hacía temblar los cimientos del Cosmos según la Ciencia.
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10.- Pero mejor que perderme en una crítica del
comportamiento científico prefiero pasar directo a resaltar el desarrollo de la
Civilización como resultado de la evolución del lenguaje humano, caballo de
batalla que nos ha conducido a la victoria sobre aquella ausencia de
conocimiento de la que Jesucristo se lamentara, diciendo: “Si no comprendéis las cosas de la Tierra como vais a
comprender las del Cielo”. No es un ejercicio de
retórica afirmar que el destino, el objetivo, el fin hacia el que han caminado
estos dos milenios pasados ha sido la superación de aquella tara intelectual.
Recordemos que Dios había hablado como profeta, había hablado como legislador,
había hablado como rey y señor, finalmente habló como Padre, pero nunca nos
habló como la Inteligencia Creadora del que dijo: Haya Luz. Y sin embargo
habiendo afirmado que creó el Universo en el seno de la afirmación estaba la
promesa de hacerlo. En el lamento de Jesús esta promesa palpitaba en forma de
futuro que había de llegar, que a El le hubiera gustado ver para ya, pero que,
lamentablemente, estaba por llegar.
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11.- Y es que mucho debería crecer la inteligencia del
Hombre Clásico para poder comprender las leyes de la Ciencia de la Creación. El
Camino de la barbarie al alba de ese Día sería largo y estrecho; pero ese Día
vendría. La Historia le abriría su horizonte y ese Día amanecería sobre la
Plenitud de las Naciones. Viéndolo venir, a la distancia en los siglos, uno de
los Discípulos de Jesús lo saludó, diciendo: “La
expectación ansiosa de la Creación está esperando la manifestación de los hijos
de Dios”. Hijos de Dios que eran todos los
Discípulos de Jesús, al afirmar este Pablo que la Creación estaba esperando
la Manifestación de los hijos de Dios, a su forma, a la manera tan
inteligente que San Pedro le reconociera, San Pablo profetizaba el Nacimiento
de este Día cuando Dios le hablaría al Hombre como el Creador del Universo que
se reconoció al principio de su Libro. Es más, los dos primeros pasos en esta
dirección habían sido dados ya a la hora de ser escrita la profecía. Estaba la
Revelación y estaba la Ciencia. Aún siendo cierto que entre las dos existía un
muro, el Cristianismo, como se vería en la primera mitad del primer milenio, lo
echaría abajo, y a la luz de su inteligencia la Revelación y la Ciencia
aprenderían a convivir y a crecer juntas. Obviamente la Civilización aún
tendría que vivir horas amargas y críticas; planeaban sobre su camino las
Invasiones, la División de las iglesias, la batalla entre la Fe y la Razón, y
al término de los dos milenios la Guerra Mundial. Sólo al final el espíritu de
Inteligencia entraría en escena.
