INTRODUCCION A LA COSMOLOGIA DEL SIGLO XXI - INGENIERIA GENETICA DE CREACION

I

La Razón Fulgurante de la Naturaleza

El principio de la evolución de los sistemas tiene su base dinámica en lo que se ha dado por llamar la Razón Fulgurante. Es decir, la suma de partes con propiedades exclusivas a cada una de ellas dentro de un sistema organizado es igual a una nueva propiedad no existente en ninguna de las partes componentes del sistema, cuya existencia determina el nacimiento de una nueva propiedad específica, que, en tanto que entidad individualizada, se sujeta a la misma ley de la razón que determinara su nacimiento desde la evolucion del sistema madre.

Basta echar una mirada a la evolución tecnológica de los sistemas de nuestro tiempo para ver en directo y en vivo esta ley de la evolución. En ellos vemos que no hay ruptura sistemática, sino evolución desde principios que se suman  a los existentes, determinando cada suma una nueva generación de sistemas, a su vez sujetos a transformación en razón de la suma que se le va aportando; como si dijéramos que la superposición de estratos da lugar a una continua transformación de estado del propio terreno tecnológico.

En fin, la forma de  representarse esta dinámica tiene tantos ángulos como puntos de observación puedan determinarse; y dependiendo de cada posición el método de referencia puede variar en su riqueza explicativa, pero el hecho en sí de la ley universal no cambia en lo que se refiere a su existencia y dinámica. Los ejemplos que pueden ponerse sobre la mesa para proceder a un entendimiento de la naturaleza de la Razón Fulgurante son tan infinitos como artículos  pueden encontrarse en el mercado de la Civilización. Podemos ir desde los más complejos a los más infantiles. Pie+esfera+césped=Fútbol. Y así ir procediendo hasta la estación espacial. Ejemplo de sistema donde la igualdad procede de una suma en constante crecimiento, y cuya dinámica no procede de una ley de destrucción de las bases sino de edificación sobre las bases existentes.

Esta ley dinámica de crecimiento sobre una suma edificadora es lo que define lo que antes dimos por llamar Razón Fulgurante. Y es la ley por excelencia de la evolución de la vida.

Pero si éste es el principio del desarrollo de los sistemas materiales no orgánicos, el principio de la evolución de los sistemas orgánicos es la importación de esta misma ley sobre una Naturaleza expuesta al juego de interrelación entre el espacio, la materia, la energía y el tiempo. Es decir, en el caso del desarrollo de los sistemas no orgánicos es la inteligencia humana la que procede a sumarle al  sistema madre un nuevo elemento, que a su vez provoca, mediante su integración, la transformación del sistema en su conjunto. En el caso de la Evolución de la Vida es la transformación que experimenta la propia Naturaleza sujeta a las fuerzas que proceden de la materia, el espacio, la energía y el tiempo, la que determina la suma  de un nuevo elemento en el sistema, provocando la evolución de las especies en razón de la capacidad para adaptarse a los nuevos cambios naturales, o en caso contrario procediendo a la eliminación por desgaje del sistema del árbol de la vida de esas ramas sobre las que la transformación natural pasa como el hacha del podador. Tenemos que entrar en la Naturaleza como sistema autónomo para comprender la importancia de la ley natural como motor de las transformaciones históricas determinantes de los cambios de estado universales bajo cuyas condiciones la vida efectúa su crecimiento desde la célula madre hasta el organismo inteligente, en este caso, el Hombre.

II

La Naturaleza es el sistema fulgurante producto del juego de fuerzas físicas que determinan la existencia mecánica de lo que llamamos el Sistema Solar. Es en este Sistema en el que se produjo en su día el nacimiento de lo que llamamos la Naturaleza. No surge, por tanto, la Naturaleza del caos sino de una conjunción fulgurante que determinó una igualdad acorde a la suma de las partes componentes. Y que, como se sobreentiende de la propia realidad, son las propiedades de ese Sistema las que determinan las propiedades de la propia Naturaleza. Y, se comprende, que la condición de existencia de un sistema fulgurante dependa de la conservación de las propiedades del sistema madre. Si, suponiendo una alteración, el Sol  diese un salto de cualidad, bien en su temperatura externa como en su velocidad de vuelo en el espacio sideral, esta alteración de las propiedades sobre las que se construyera la Naturaleza causaría  una perturbación en su dinámica, dependiendo su gravedad de la importancia de la alteración impuesta. Y lo mismo podemos decir de cualquiera de las propiedades componentes del Sistema.

Lo que determina el nacimiento y existencia de la Naturaleza, tal como se ha desarrollado sobre la Tierra, es, pues, el juego de las propiedades de los  elementos componentes del Sistema Solar, y la estabilidad de dichas propiedades en el espacio y el tiempo. Y son estas propiedades las que hicieron de la Naturaleza un campo de transformación constante, que, a su vez, incidiendo sobre la vida, determinaron la evolución de los sistemas orgánicos en razón de la adaptación de sus generaciones a estos cambios en el tiempo de la Naturaleza Madre.

No hay, por tanto, eliminación por lucha de supervivencia entre las especies, sino evolución desde una ley de existencia dinámica de la Naturaleza, nacida para  crecer y morir, en cuanto sistema en el espacio y el tiempo, y sujeta a un ciclo de desarrollo determinado por la propia ley del Sistema en el que se realizó la suma de las partes cuya igualdad produjeron su Nacimiento.

Ahora bien, en el sistema darwinista la Naturaleza no está sujeta a transformaciones de estado, se la supone eterna en su origen y en su fin, y su desarrollo desde un principio a un fin en el tiempo como factor de evolución de todos los sistemas orgánicos, arrastrados a la adaptación por estos cambios, es un factor totalmente inexistente, no ya como ley básica universal, ni siquiera como elemento a tener en cuenta.

Para Darwin la experiencia de su mundo era el principio básico universal, determinando la experiencia humana el valor de la experiencia de todos los sistemas del universo. Y de aquí que, desde la etiquetación de prototipos mentales basados en el comportamiento de los siglos, la teoría darwinista con su legitimación de la lucha de individuos en el seno de una especie, caso humana, procediera a la legitimación de una ideología fascista absolutista totalitaria, natural a la mentalidad del imperio británico, pero no sólo del británico, cuya existencia en los días de Darwin era el pan de cada día.

Se entiende que en ese mismo mundo, el de Darwin y sus días, el nivel de conocimiento en curso, si comparado con el nivel de conocimiento de nuestros tiempos, proceda a enfrentarnos a un hombre de la estatura intelectual de un verdadero estúpido, sin por esto menospreciar la importancia de ese nivel en relación a sus días. Que sobre aquel nivel se pretenda encerrar y encorsetar, como si se tratara de una camisa de fuerza, el poder de la inteligencia del hombre actual es un accidente tan trágico que de no ser por el efecto de su extrapolación a las naciones y el producto de guerra civil mundial que bendice, sería hasta cómico.

El evolucionismo eliminó la Naturaleza como factor decisivo de evolución, actuando sobre los sistemas orgánicos a la manera que el hombre sobre los sistemas materiales del mundo tecnológico, y elevó la experiencia circunstancial de una especie a la categoría de una ley suprema desde la que valorar las propiedades de todos los elementos del Sistema del Universo.

La tara intelectual que el evolucionismo científico legó a las generaciones del XIX la encontramos en su extensión más perfecta en la total y absoluta ausencia de la Naturaleza en cuanto sistema autónomo, individual, como factor decisivo de transformación de todos los sistemas que en su cuerpo tuvieron su principio madre. Tara que heredaría el XX y lo arrastraría a lanzar toda su potencia intelectual contra la Naturaleza, cayendo en un intento de Geocidio de cuya consumación hemos escapado únicamente de milagro. Deberían ser los científicos atómicos quienes nos regalaran las orejas con el discurso de los efectos universales de los 500-¿600? ¿700?- megatones que reventaron contra la Naturaleza durante la segunda parte del sigo XX. Pero pedir esto sería como concederle las propiedades de lo humano a una bestia. Así que seamos consecuentes con nosotros mismos y no le pidamos a las piedras que se transformen en hijos de Abraham. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Resolviendo en hechos este paseo por el dominio de la Razón Fulgurante digamos que para seguir el curso de la evolución de los sistemas orgánicos sobre la Tierra tenemos que determinar la serie de cambios por los que ha ido pasando la Naturaleza. O podemos regresar a la estupidez y reducirlo todo a una simple lucha de esclavos contra libres, lucha que perturba la propia evolución, cuya  elección de los ricos para aplastar a los pobres y entregarle el gobierno del universo a sus masteres, los fuertes,  se hizo al principio de los tiempos, cuando la diosa selección natural… ¡Discurso para micos! Es como si para explicar la existencia de los móviles un idiota basara la explicación de su existencia en una generación espontánea de sistemas mecánicos  y le diera la espalda a los origenes tecno-científicos de la telefonía móvil. En el terreno de la evolución de los sistemas orgánicos la selección natural tiene, como discurso, el mismo valor que el del idiota referido, simplifica el caso, se dirige al uso, y se abandona el conocimiento sobre su origen y su mecánica. ¿Qué hicieron Hitler y Stalin sino adoptar por discurso supremo del Poder el discurso del idiotismo evolucionista?

El ateísmo científico, adoptando una primera conclusión, supuso la caída de uno de los pilares básicos sobre los que la Civilización se hizo Cristiana a fin de  vestirse de unas propiedades imperecederas a prueba de las transformaciones de estado del mundo. En comparación a los sistemas virtuales, el ateísmo científico fue un virus de poder destructor casi ilimitado que, actuando acorde a sus leyes, debería y actuó sobre el sistema del mundo provocando su autodestrucción, que no se consumó porque,  como ya he dicho, la Civilización se hizo Cristiana a fin de superar caídas de su sistema como  producto de la corrupción de algunas de sus partes. Ahora bien la cohabitación de un sistema con un virus cuya peligrosidad destructora ya ha sido comprobada en dos guerras mundiales es una amenaza latente para la evolución y desarrollo de dicho sistema; de aquí que una de las direcciones históricas sobre las que este siglo ha de moverse sea la eliminación de este virus, contra cuyo destino, y porque es un sistema vivo, el mismo virus ha de defenderse arrastrando consigo al abismo a tantos como puede llevarse consigo, pero cuyo fin es inapelable, pues los cambios del sistema no dependen de sus partes sino de la inteligencia creadora del sistema, tomando aquí al hombre frente a la tecnología como prototipo de la relación entre la Civilización, como sistema, y Dios, su Creador.

III

Establecido el primer asunto de la eliminación de la selección natural como ley de evolución, y  la introducción de la Naturaleza como sistema autónomo en cuanto ley de desarrollo de todos los sistemas orgánicos naturales desde los orígenes hasta el Hombre, nos toca ahora situar la importancia de la Caída de Adán como factor de desequilibrio histórico por el que la Primera Civilización rompió la ley sobre la que se había edificado esa misma Civilización. Y no desde un enfoque teológico sino como centro de perturbación de la Historia Natural del Hombre.

Si he calificado antes el ateísmo científico como Caída, cuya consecuencia lógica había de conducir a las naciones a la Guerra Mundial, llamada Segunda porque ya es Historia, a la manera que la Caída de la Civilización de Adán condujo a su mundo a la Destrucción, de la que el Diluvio fue la nota final, no lo he hecho así por casualidad. Era lógico que el ateísmo científico al buscar, acorde a su ley totalitaria hiper-fascista, y aunque no era consciente de sus propiedades super-homicidas, como no lo es ni lo representa para sí un peligro el virus aunque en la consecución de su objetivo lleva firmado el destino de su propia autodestrucción,  ya que depende para su existencia del sistema que precisamente destruye, y por esta regla de tres: era lógico que el ateísmo científico al desarrollarse dentro de un sistema edificado para resistir toda suerte de ataques, externos e internos, la Civilización Cristiana, y no cejando, no pudiendo dejar de imponer su ley, tarde o temprano las fuerzas del ateísmo científico se lanzaran a la conquista del planeta, cuya conquista tenía que chocar, como chocara, contra el Cristianismo. Mas como en la Caída la fuerza origen de la perturbación determinante de la destrucción de aquella Civilización tiró la piedra y escondió el brazo, igualmente en el caso de la Caída de la Ciencia, el Ateísmo, la fuerza determinante de la división de la Humanidad en dos bloques enemistados a muerte, supo tirar la piedra y esconder el brazo, guardando la próxima piedra para una tercera guerra mundial, en esta ocasión contra la propia Naturaleza, contra la que se ensañara la Ciencia de la segunda parte del siglo XX, bombardeando su cuerpo con el equivalente a unas 50.000 bombas atómicas tipo H. Ataque que determina  el fin del ateísmo científico como ideología y sólo cabe proceder a su eliminación de todos los manuales de enseñanza. Pero vayamos por partes y regresemos a la Primera de todas las Caídas, pues no siendo verdad que el hombre sea un animal político no es menos cierto que el hombre es la única bestia que tropieza dos veces en la misma piedra.

IV

Así como la evolución de todos los sistemas orgánicos naturales ha procedido al ritmo de las transformaciones de estado de la Naturaleza, determinadas éstas por el juego de fuerzas que en el espacio y el tiempo pone en movimiento el Sistema del Universo, la evolución del Antropos al Hombre vino como consecuencia de esos saltos de estado. Posteriormente la integración en el mundo del Antropos de un factor no natural, sí sobrenatural, viniendo a formar parte de su mundo determinó, por imitación, el proceso revolucionario de desarrollo intelectual del Homo Sapiens en la dirección determinada por la propia Naturaleza de esa revolución que experimentó su mundo; punto sobre el que ya entraremos en su momento.

Se verá que el segundo de los grandes errores del darwinismo fue emparentar al Hombre con el Reptil. No hay explicación en todo el universo del conocimiento que avale una respuesta coherente al cómo de una especie de sangre fría emergió otra de sangre caliente. Sólo la Autoridad de la Academia, que hace de su palabra: Palabra de Dios, y de su pensamiento: Dogma, se alza frente a la irracionalidad para elevar semejante propuesta al carácter de Respuesta Científica. Del dogmatismo autoritario totalitarista de aquella escuela teológica que se atreviera a juzgar a Galileo, hemos pasado al totalitarismo académico que exige la divinización dogmática de su discurso e impone la heretización automática de cualquier crítica contra la irracionalidad de sus posiciones subjetivas, fundadas exclusivamente en hipótesis, haciendo de la hipótesis- contra natura -doctrina.

La autoridad del absolutismo natural al ateísmo científico, legado que la mentalidad fascista  de la Academia de los Nobeles heredó con el orgullo de un demente al que no le importa tanto la irracionalidad de su postura como  la imposición de su ley, y precisamente por la irracionalidad inherente a un modelo de desarrollo de la Vida en la Tierra que no exige de la inteligencia nivel alguno de raciocinio al poner como prueba de su realidad la circunstancialidad del propio mundo, sujeto a la ley de la división de la especie humana en débiles y fuertes, experiencia que hasta un mico puede comprender una vez encerrado en la jaula, y precisamente por esa autoridad establecida sobre la propia mente como premisa para su imposición, la Ciencia del Siglo XX jamás se enfrentó a esta increíble propuesta de evolución de la sangre fría en caliente, siendo que la una y la otra cada una determina las propiedades de todo un sistema orgánico, tanto a nivel fisiológico como ecológico.

El valor irrefutable de esta propuesta, acorde a la Ciencia del Siglo XX, vino determinado por la oposición del cristianismo. De manera que, por esta ley de oro del ateísmo científico, toda hipótesis que se oponga al cristianismo, y por el hecho de esa oposición, queda consagrada y elevada al altar de los Nobeles. Ley irracional que aún en nuestros días rige el comportamiento de multitudes que entienden por progreso y desarrollo de la Moral y la Sociedad toda aquella actitud que desafíe los valores de la Civilización, por su Origen y porque el Cristianismo la fundó, Cristiana.

El absurdo por ley procede a su propia evolución. Nosotros, sigamos.

Las transformaciones de estado de la Naturaleza, pues, determinaron las propiedades del Habitat Ecosférico, causando con sus cambios físicos y químicos que el ritmo de crecimiento de los organismos naturales se mantuviese en constante adaptación a esos cambios. Acorde al modelo de la CSXXI la Vida partió de un hábitat sujeto a un medio oceánico cuya temperatura venía establecida por un Manto de Hielos dividido en dos grandes bloques en constante retirada hacia los polos del planeta. A medida que los dos bloques de hielo se retiran del Ecuador se abre el espacio  de reproducción y también aumenta la temperatura del agua en las zonas troposféricas. Es decir, estos cambios van abriendo horizontes a los sistemas orgánicos, que no sólo multiplican su masa sino que proceden, por adaptación a estas nuevas zonas de extensión, al desarrollo de sus propiedades generacionales.

Con el tiempo, la salinización de los mares y océanos, sumándole la reciente elevación de temperatura en las zonas troposféricas, actuaría de factor decisivo de expansión de los sistemas orgánicos del agua a la tierra, salto que se realizaría del agua a tierra firme directamente,  generando la gran rama de los anfibios dinosáuricos, y más adelante o tal vez antes,  o paralelamente, nadie tiene la última palabra, causando el salto de la vida del agua al aire, y del aire a tierra firme acorde a la Palabra de la Biblia; de esta gran rama procedería la familia Mamífera.

V

Por su propia estructura material, en consecuencia, todos los sitemas del Universo tienen un principio y un fin. Producto de una conjunción temporal, todos los sistemas tienen un tiempo. Nacen y mueren. Son y dejan de ser. Entre el principio y el fin se abre una Historia. Hay un espacio de tiempo que la Vida llena, y acorde a la Naturaleza del Sistema en el que se ubica, su desarrollo evoluciona en una dirección o en otra. De tal manera que la manifestación de la Vida en el Universo dependerá de la cantidad de Sistemas que puedan darse en el espacio y el tiempo. Adaptada esta ley a una situacion diferente digamos que las ramas por las que la Vida se mueve desde la Célula Germinal hasta la Inteligencia puede variar en relación a las propiedades de la Naturaleza Madre, y las propiedades de la Naturaleza en relación a las de su Sistema Físico.

Si nuestro emparentamiento filogenético debe situarse entre las especies mamíferas arborícolas, en otro Sistema Natural la línea antropológica – por denominar el proceso de Creación de la Vida Iteligente mediante un concepto universal - podría hacer su recorrido por otra rama del Arbol de la Vida. Y, en fin, esto es cosa de quien tiene la Inteligencia y el Poder de darle a ese Número su cuenta. A nosotros lo que nos consta es que las propiedades del Sistema Universal de referencia determinan las de la Naturaleza Local y las de ésta las de la Vida en su seno.  Nosotros sólo podemos referirnos a nuestro caso, y seguir el curso que nuestra línea antropológica ha seguido tomando como directriz la Palabra de quien creara el Sistema Universal de referencia, y por tanto le diera, a través de ese Sistema, las propiedades a la Naturaleza en cuyo seno hemos nacido, crecido y alcanzado el Ser.

Como hasta el Siglo XIX la existencia de Mesopotamia fue un bulo establecido por la Biblia, hemos tenido que esperar hasta nuestro Siglo para descubrir en el Génesis el dibujo del Arbol de la Vida en la Tierra, que ya comienza a manifestarse en el descubrimiento de los restos fósiles del eslabón perdido entre las aves y los mamíferos, - Archaeopteris -, de donde finalmente por estimulación procederemos a la concatenación de esta línea con la acuática, superando el error darwinista del origen reptiliano del Antropos.

También y como Dios quiere que de lo trágico salga algo cómico, a raiz del calentamiento del Globo observamos cómo al elevarse la temperatura de los océanos profundos afloran hacia la superficie especies que se han mantenido en sus habitats abisales desde los principios de los tiempos, mostrándosenos así la influencia que tiene la temperatura de los océanos sobre el futuro de la Vida. Factor que, hasta hoy, nuestros queridos evolucionistas jamás introdujeron en sus ecuaciones esotéricas sobre el curso de la gran línea filogenética en el Origen del Antropos. Lo cual no debe extrañarnos si no olvidamos que, excepto en el nombre, y porque es la traducción de Hombre en Griego y todo sabio que se preciara en los días de Darwin debía echarse las flores del Latín y el Griego sobre su cabeza, si quería ser tomado como tal por la Academia, el Antropos no existió jamás en la mente de Darwin y su escuela. Y sin embargo fue el Antropos el sistema vivo en el que se produjo el nacimiento del Hombre.

VI

En el desarrollo de este viaje por el tiempo sobresaltaré la imposibilidad de asumir las premisas del evolucionismo según el ateismo científico en base a la diferencia entre los cerebros de los reptiles y del hombre, enparentado con el de los mamíferos sin embargo, del que supone su evolución más óptima, y romperemos, ya rota la conexión, la idea sobre la aparición del Antropos, situada después de los Dinosaurios, para establecerla sobre una contemporaneidad, aunque no paralela, cuya interrelación fue decisiva en el alzamiento del Antropos como el Líder natural de los bosques prehistóricos, cuyo sistema de lenguaje se desarrolló desde una base de defensa colectiva de las comunidades arborícolas frente a la actividad hervíbora de las familias dinosáuricas del último periodo de la Prehistoria Universal.

Cuando hablamos de Prehistoria tenemos que saber diferenciar entre Prehistoria del Hombre, que sería desde sus Orígenes y referida al Hombre en tanto que Hombre, y Prehistoria Universal o Natural, referida al Antropos, que en esta razón ocuparía su último periodo y extendería su Origen al Origen mismo de la Vida en la Tierra.

Sobre este terreno tengamos en cuenta que, aunque yo me muestre sarcástico con la inteligencia de los tiempos de Darwin y su escuela, sería incongruente por mi parte olvidar que cada época disfruta de un estadio de conocimiento, desarrolla su progreso sobre esas bases y pone sobre la mesa nuevas propiedades que sumándose a las que existen proceden a una evolución del sistema de partida, de esta manera llegando a nosotros el proceso por el que ellos pasaron  a su vez. Desde esta consciencia, mi crítica no se dirige contra el hombre en tanto que hombre de su tiempo sino contra la ideología delictiva que pretende dogmatizar los errores de los tiempos e imponer cálculos erróneos, sacralizando hipótesis que propusieron un punto de trabajo, heretizando cualquier autocrítica sobre el valor de los modelos cosmológicos, antropológicos, teológicos, económicos, heredados de los fundadores de la Edad Atómica y sus maestros del Novechento. Pues si es cierto que de lo que se come se expele, y la acción viene del conocimiento, acorde a las ciencias más preclaras del comportamiento, del estado natural del mundo debe inferirse el volumen de errores que navegan por las naciones, elevando sus mareas hasta el grado de la tsunamis dictatorial, y siguen tejiendo en los vientos tormentas del desierto después de seis mil años de guerra civil perpetua. Si tan lista es la Ciencia es imposible explicarse por qué bajo su égida y bajo el imperio del ateísmo científico la Civilización se vio sacudida por la mayor de las Guerras Mundiales jamás sufrida por la Humanidad, y por qué bajo su dictadura académica, siendo tan omnisciente y todopoderosa su Razón,  la Humanidad se enfrenta a un rebrote de todas las enfermedades conocidas y por conocer. ¿Nos quiere explicar su parte en esta Caida del Sistema, en este caso, Inmunológico?

Que el nivel de inteligencia alcanzado a finales del siglo XX sea, en comparación al nivel heredado del XIX, de un valor incuantificable no quiere decir que la potencia intelectual de la Ciencia al alba del siglo XXI haya alcanzado su tope y, en consecuencia, no habiendo acabado el progreso del pensamiento humano, la evolución de la Civilización no ha alcanzado su máximo, de aquí que la crítica no solo sea legítima sino que el estancamiento en la complacencia sea el preludio de una Nueva Caída.

Frente al error hay que buscar la Verdad, y no quedarse en lo malo conocido por miedo a lo bueno por conocer. El Futuro es siempre la incógnita, el eso desconocido, lo que está al otro lado del horizonte, lo que jamás viviremos, pero sobre lo que tenemos el Poder de actuar de acuerdo a la ley de la evolución de los sistemas. El futuro personal, del individuo, el que vive el “yo soy”, es otro cantar. Pero aunque la canción sea casera  una sinfonía se compone de la suma de muchos artistas interpretando un mismo tema, el arte de muchos al servicio de una misma causa.

C.R.