Catálogo de las ciencias
Alfarabi 870-950
¡En el nombre de Dios clemente y misericordioso!
Ruegue Dios por nuestro señor y dueño Muhammad y por su familia y compañeros.
Amén.
Tratado acerca del catálogo de las
ciencias
Dijo Abu Nasr Muhammad, hijo de Muhammad al Farabi
(perdónelo Dios, ¡ensalzado sea!):
Nuestro propósito al escribir este libro es enumerar
las ciencias conocidas como tales, dar a conocer todo lo que comprende cada una
de ellas, las partes de aquellas que las tienen, y lo que comprende cada una de
estas partes. Hemos dividido este libro en cinco artículos: 1°. sobre la ciencia del lenguaje y sus partes; 2°. sobre la ciencia de la lógica y sus partes; 3°. sobre la ciencia de las matemáticas, que comprende: la
aritmética, la geometría, la óptica, la astronomía, la matemática, la música,
la ciencia de los pesos y la ciencia de ingeniería; 4°. sobre
la física y sus partes, y la metafísica con las suyas; 5°. sobre
la política, el derecho y el Kalam (teología).
La utilidad de este libro está en que si el hombre
quiere aprender una cualquiera de estas ciencias, y especular en ella, sabe
adónde va y [sabe] en qué cosas va a especular, y qué va a sacar de provecho
con su especulación, y qué ganancia obtiene de esto, y qué excelencia se deriva
de ello, a fin de que su intento en el estudio de aquella ciencia se realice
con conocimiento de causa y no ciegamente y exponiéndose al extravío. Y con
este libro podrá el hombre comparar entre sí las ciencias, para saber cuál de
ellas es la más excelente, cuál es la más útil, cuál es la más sólida, cuál es
la más fidedigna, cuál es la más firme, y cuál es la más endeble y
problemática.
Otra utilidad de este libro está en poder descubrir
a quien pretende pasar por enterado de una ciencia cualquiera, no estándolo;
pues si se le pregunta por las cosas referentes a aquella ciencia, o a sus
partes, o a lo referente a cada parte, y en concreto
se le pide el contenido de cada parte, y no contesta, quedará evidenciada su
pretensión y se descubrirá la mentira. Con este libro se demuestra la realidad
respecto de aquel que sabe una ciencia [y se ve] si la sabe bien toda o sólo
alguna de sus partes, y cuál es la cantidad de lo que sabe. Sirve también este
libro para conocer al estudioso, cuyo fin es abarcar todo lo que comprende cada
ciencia, y al pedante que quiere parecerse a los sabios, para que lo tomen por
uno de ellos.
Artículo I
Sobre la ciencia del lenguaje
Artículo II
Sobre la utilidad de la lógica
Artículo III
De la ciencia de las matemáticas
Artículo IV
Sobre la ciencia física y la ciencia metafísica
Artículo V
Sobre la ciencia política, la ciencia del derecho
y la teología
Artículo de fuera de este libro
Se recomienda al que estudia la ciencia que no
desapruebe lo que ignore de las materias contenidas en este libro, pues sería
prueba de su imperfección y de que habla sin saber lo que dice; que no se
envanezca de lo que sepa, porque la virtud de su saber se borrará y él se hará
merecedor del odio del Donante de tal don; que no envidie al que está sobre él
con emulación que le proporcione un defecto, y que no desprecie a quien está
por bajo de él, pues él estuvo en la misma situación antes de aprender lo que
sabe; que no oculte su ciencia, porque entonces vendrán a estar él y el
ignorante en un mismo plano, pues los dos son inútiles para la ciencia y para
su divulgación; que no hable de una ciencia antes de ser docto en ella, porque
se envilecerá; que no pretenda con su ciencia un fin mundano, pues convertirá
lo más excelente en lo más vil; y que practique el temor de Dios (¡alto es y
noble!), en secreto y en público, pues éste es el adorno y el ornamento del
sabio.
Y la confianza se debe poner en Dios.
Artículo I
Sobre la ciencia del lenguaje
La ciencia del lenguaje, en resumen, es de dos
clases: 1ª, el saber de memoria las palabras significativas en un pueblo
cualquiera, y el conocimiento de lo que cada una de ellas significa; 2ª, el
conocimiento de las reglas de estas palabras.
Reglas se llaman en cada arte unas proposiciones
universales, esto es, generales, que cada una de ellas abarca muchas cosas de
las que este arte comprende, hasta llegar a la totalidad de las cosas, objeto
de ella, o a su mayor parte. Estas reglas son usadas: o para comprender con
ellas lo que pertenece a este arte, a fin de que no entre en ella lo que no le
pertenece, o quede fuera de ella lo que le es propio; o para probar con ellas
lo que no hay seguridad de librarse de caer en error, o, finalmente, para
facilitar con ellas el estudio de lo que abarca el arte y su conservación en la
memoria.
Las cosas individuales, muchas en número, solamente
vienen a ser artes, o a estar comprendidas en ellas, en cuanto que se contienen
en reglas conservadas en el alma del hombre, según un orden conocido; como, por
ejemplo, la escritura, la medicina, la agricultura, el comercio y las demás
artes, ya sean prácticas, ya especulativas. Toda proposición es regla en
cualquier arte, pues ella se emplea, en cuanto que es regla, para una de las
cosas que hemos indicado, o para todas.
Por esta razón los antiguos llamaban reglas a todo
instrumento por el que se comprobaba la verdad de aquello en lo que es fácil
que el sentido haya errado respecto de la cantidad del cuerpo, o de su calidad,
como, por ejemplo, la plomada, el compás, la regla y las balanzas; y llamaban
también reglas a los compendios del cálculo y cuadros astronómicos. Los libros
compendios que se usan como recordatorios de los libros extensos, son también
reglas, puesto que son cosas de pequeño número que abarcan cosas de número más
elevado; pero que aprendiéndolas y conservándolas en la memoria, aunque
pequeñas en número, hemos aprendido otras de número mayor.
Volviendo ahora a lo que tratábamos, diré que las
palabras significativas, en cualquier lengua, son de dos clases: simples y
compuestas. Las simples son, por ejemplo, el blanco, el negro, el hombre, el
animal; compuestas [oraciones] son como si decimos: el hombre es animal, Amru
es blanco. De las simples, unas son nombres propios, como Zayd, Amru; y otras
significan los géneros y las especies de las cosas como el hombre, el caballo,
el animal, el blanco, el negro.
Las simples, que significan los géneros y las
especies, pueden ser nombres, verbos y partículas. Los nombres y los verbos
tienen como propiedades inherentes la masculinidad y la feminidad [el género] y
el singular, dual y plural [el número]; el verbo lleva consigo, especialmente,
la idea de tiempo: pretérito, presente y futuro.
La ciencia del lenguaje, en todo pueblo, se divide
en siete grandes partes: ciencia de las palabras simples; ciencia de las
palabras compuestas [oraciones]; ciencia de las reglas en virtud de las cuales
son simples las palabras; regla en virtud de las cuales son compuestas las
palabras; reglas de corrección de la escritura; reglas de corrección de la lectura,
y reglas de los versos.
La ciencia de las palabras simples significativas
abarca el conocimiento de aquello que cualquier palabra simple signifique, ya
estas palabras signifiquen los géneros de las cosas y sus especies; su
conservación en la memoria; y distinguir cuáles de todas ellas son exclusivas
de aquella lengua, cuáles son las tomadas de otra lengua, cuáles las
extranjeras a ella, y cuáles las vulgares y usadas por todos. La ciencia de las
palabras compuestas es el conocimiento de las frases por que se encuentra que
han sido compuestas en un pueblo cualquiera –las cuales frases son las que han
inventado sus oradores y sus poetas y con las que se expresan sus hombres
elocuentes de renombre general– y el conocimiento de la transmisión oral de
estas frases y su conservación en la memoria, sean largas o cortas, medidas o
no medidas.
La ciencia de las reglas de las palabras simples
trata primeramente del número de letras del alfabeto; del órgano de la voz por
el que cada una se emite; de las consonantes y de las que no son consonantes;
de las que se combinan entre sí en aquella lengua, y de las que no se combinan;
de las menos que se han de combinar para formar una nueva palabra
significativa; del mayor número en que se pueden combinar; de las letras regulares,
es decir, las que no se cambian en la forma de las palabras cuando a éstas se
les unen sus características de dualidad, pluralidad, masculinidad, feminidad,
derivación; de las letras con las que se cambian la palabras, al unirles estas
características; de las letras que se contraen con las que se encuentran.
Después de esto da reglas de las palabras simples, y distingue entre las formas
primeras, que no se derivan de ninguna otra, y las que son derivadas; da las
formas de las clases de palabras derivadas, y distingue entre las formas
primeras y entre las que son nombres de acción –aquellas de las cuales se forma
el verbo– y las que no lo son, y [enseña] cómo se han de cambiar los nombres de
acción para convertirse en verbos; enseña las clases de formas verbales y lo
que hay que hacer con los verbos para que resulten de mandato o de prohibición.
Clasifica los verbos por razón de su cantidad en
trilíteros o cuadrilíteros o de más radicales, duplicados o no duplicados, y
por razón de su cualidad en sanos y defectivos; enseña cómo se ordena todo esto
en relación a la masculinidad y feminidad [al género] y a la dualidad y
pluralidad [número], a las personas de sus verbos y a todos sus tiempos (las
personas de los verbos son yo, tú, aquello, él). Y finalmente trata [esta parte
de la ciencia del lenguaje] de las palabras de difícil pronunciación, y de lo
que se debe hacer para que se cambien y su pronunciación se facilite.
La ciencia de las reglas de las palabras compuestas
es de dos clases: una da la regla de los signos con que se componen los
pronombres y los verbos; la segunda expone las reglas sobre cuáles sean los
modos de la composición y del orden recíproco (?) en aquella lengua. La ciencia
de las reglas de los signos [de las palabras] es la que los árabes llaman
gramática. Esta enseña: que los signos sólo sirven primero para los nombres,
después para los verbos; que unos signos de los nombres están en sus comienzos,
como el álif y el lam, el artículo en la lengua árabe, o lo que haga sus veces
en los restantes idiomas, y otros signos están en el final de las palabras –los
signos finales– que son los llamados letras desinenciales; que los verbos no
tienen signos primeros [artículo], sino solamente signos finales; estos signos
finales de los nombres y de los verbos son en árabe, por ejemplo, los tanwin,
las tres vocales, el socún y cualquiera otra cosa de las que se emplean en la
lengua árabe con signos.
Enseña además la gramática que hay palabras que no
usan en la flexión todos los signos, sino que por el contrario se construyen
con uno solo, en todas las formas en las cuales se componen otras palabras; que
hay otras que emplean algunos, y otras no los emplean en la flexión; y otras
que los emplean todos. Distingue también la gramática los signos de los nombres
de los signos de los verbos en los nombres que tienen flexión y en todas las
formas en que la tienen; y comprende todas las formas en que los nombres
se declinan, y las formas en que los verbos se conjugan.
Después enseña en qué forma se une a cada nombre y a
cada verbo cada signo; da primeramente, en resumen, cada una de las formas de
los nombres singulares decinables, a los que en una forma se les une un signo
cualquiera. Hace lo mismo con los nombres femeninos, duales y plurales y con
los verbos en singular, en dual y en plural, hasta que completa todas las
formas, en las que el verbo se conjuga, con los signos que se les ha marcado.
Después trata de los nombres que se declinan en algunos casos, en cuáles se declinan
y en cuáles no. Luego se ocupa de los nombres declinables en un solo caso, y en
qué caso son declinables.
Por lo que toca a las partículas, de ordinario son
todas indeclinables, y algunas lo son con un sólo caso determinado. Otras hay
que se declinan con algunos casos. Nota lo siguiente: si estas partículas las
componen palabras respecto de las cuales se duda si son partículas, o nombres,
o verbos, o se piensa respecto de ellas que algunas tienen forma de nombre y
otras tienen forma de verbo, conviene que la gramática enseñe cuáles son ordinariamente
nombres, y con qué casos se declinan, y cuáles son ordinariamente verbos, y en
qué casos se conjugan.
Respecto del modo que da reglas de la composición
misma, primero demuestra cómo se componen y ordenan las palabras en aquella
lengua, y en cuántos géneros, hasta que se convierten en frases; luego enseña
cuáles son el orden y la composición más puros en la lengua de que se trata.
La ciencia de las reglas de la recta escritura
distingue primeramente las letras que se escriben en las líneas y cuáles no se
escriben en ellas, y luego enseña el método que se ha de seguir en lo que se
escribe.
La ciencia de las reglas de la recta lectura enseña
el lugar de los puntos; los signos que se ponen junto a las letras, pero que no
se escriben en las líneas; los signos por medio de los cuales se distinguen las
letras comunes [iguales]; los signos que se ponen a las letras que al
encontrarse se contraen, o se apoyan unas en otras; los signos mediante los
cuales se forman las sílabas de las frases, distinguiendo entre los signos de
las sílabas breves y los signos de las sílabas medias y largas. Enseña esta
parte de la gramática los signos de sostén (?) de las palabras y frases
ordenadas, y de las que se abrevian, y de las que se alargan entre sí.
La ciencia de las reglas de los versos, bajo el
respecto que se parece a la ciencia del lenguaje, tiene tres partes: 1ª
Comprende el compendio de los metros usados en los versos, sean metros simples,
o compuestos; además, el compendio de las combinaciones de las letras del
alfabeto, de las cuales resulta en cada clase cada metro, que son las llamadas
por los árabes pies y por los griegos sílabas y pies; y además la explicación
de las medidas de las estrofas y los hemistiquios y de la cantidad de letras
con que se termina y se completa cada estrofa en cada metro; y, finalmente,
distingue entre los metros perfectos y los imperfectos, define cuáles sean más
bellos y más dulces al oído.
2ª Trata de las terminaciones de las estrofas en
cada metro; cuáles tienen una sola terminación y cuáles tienen varias, y entre
estas últimas cuál es completa, cuál es aumentada y cuál es disminuida; qué
terminaciones tiene una misma letra conservada en todo el poema, y cuáles
tienen varias letras conservadas en la casida; y cuál es la mayor cantidad de
letras que pueden tener las terminaciones de las estrofas. Se ocupa además en
las rimas que tienen varias letras sobre si se puede o no se puede cambiar el
lugar de algunas de ellas por otras que se pronuncien en el mismo tiempo [que
tengan la misma cantidad], y cuáles son éstas que se pueden permutar por letras
de la misma cantidad.
3ª Trata de lo que está permitido que hagan los
poetas con las palabras [licencias poéticas] y que no debe hacerse en la frase
que no es verso.
Este es el conjunto de lo que trata cada parte de la
gramática.
Artículo II
Sobre la utilidad de la lógica
Ahora, pues, hablaremos en resumen de lo que la
lógica es; después de su utilidad; después de los objetos que trata; luego del
significado de su título; después enumeraremos sus partes y lo que cada una
contiene.
El arte de la lógica, en resumen, da los cánones
cuyo objeto es rectificar el entendimiento, guiar directamente al hombre en el
camino del acierto y darle la seguridad de la verdad en todos los conocimientos
racionales en que cabe que yerre; además, le da las reglas que le han de
preservar y poner al abrigo del error y del sofisma en las materias racionales;
además, le da las reglas necesarias para aquilatar la verdad de aquellos
conocimientos en que cabe que el entendimiento caiga en el error. Porque es de
advertir que entre los juicios racionales los hay en que cabe el error, pero
hay también algunos en los que no es posible que el entendimiento se equivoque
en manera alguna, a saber, aquellos juicios que el hombre encuentra en su alma
grabados, como si hubiese sido creada con el conocimiento cierto de ellos.
Tales son los siguientes: <<El todo es mayor que la parte>>,
<<todo número tres es impar>>. Hay además otros juicios en los que
puede equivocarse y apartarse de la verdad para caer en lo que no es verdad.
Estos juicios son los que se adquieren mediante la reflexión y el razonamiento
o sea por medio del silogismo y la inducción. Para conseguir la verdad con
certeza en estos juicios –y no en los otros–, es para lo que el hombre, que
busca la verdad en todas sus especulaciones, necesita de los cánones de la
lógica.
Este arte es análogo al arte de la gramática, pues
entre el arte de la lógica y el entendimiento y los inteligibles existe la misma
relación que entre el arte de la gramática y la lengua y las palabras: todas
las leyes que la ciencia de la gramática nos da respecto de las palabras, son
análogas a las que la ciencia de la lógica nos da respecto de las ideas.
Es también análogo a la ciencia de la prosodia, pues
la lógica hace, respecto de las ideas, lo que la prosodia respecto de las
medidas del verso. De modo que todas las reglas que la prosodia nos da para la
métrica, tienen sus similares en las que la lógica nos da acerca de los inteligibles.
Es más: los cánones de la lógica, que son los instrumentos con los cuales se
aquilata el valor de aquellos conocimientos intelectuales en los que no cabe
fiar que el entendimiento no haya errado o no haya alcanzado imperfectamente la
verdad, se asemejan a las medidas de capacidad y a los pesos, que son también
los instrumentos con que se aquilata y se pone a prueba, respecto de muchos
cuerpos, lo que no cabe fiar que los sentidos aprecien sin error o cuya
capacidad sean incapaces de percibir exactamente. Se asemejan también a las
reglas de dibujo, con las cuales se aprecia en las líneas su dirección recta,
que no puede uno fiarse de que los sentidos la aprecien sin error, o al compás,
con el cual se aprecia en las líneas su curvatura, que no cabe fiar que el
sentido la aprecie sin error.
Tal es, en suma, el fin de la lógica, fin que
revela, al mismo tiempo, su grande necesidad. Y este fin no sólo se refiere a
los conocimientos que nosotros poseemos y cuya verdad deseamos comprobar, sino
también a los conocimientos de los demás, cuya verdad queremos aquilatar, o a
nuestros propios conocimientos, cuya verdad desean comprobar los demás. Porque
una vez que estemos en posesión de aquellos cánones, si deseamos adquirir la
evidencia de una cosa que ignoramos y cuya verdad queremos aquilatar dentro de
nosotros mismos, no dejaremos en libertad a nuestro espíritu para que en la
investigación de la verdad que queremos comprobar proceda negligentemente
siguiendo el curso espontáneo de las ideas tal como le vengan, sin sujeción a
ley alguna, ni dirigiéndose a la meta a que aspira por cualquier camino que le
ocurra de improviso, ni adoptando cualesquiera métodos que puedan engañarnos
haciéndonos creer que es verdad lo que no es verdad, sin darnos de ello cuenta;
antes al contrario, es preciso que de antemano sepamos qué camino conviene que
sigamos, qué cosas debemos conocer [como medios], por dónde debemos comenzar
nuestro camino y cómo conviene que apliquemos nuestro espíritu separadamente a
cada una de aquellas cosas, hasta que lleguemos sin ningún género de dudas a la
cosa que nos propusimos averiguar. Es, igualmente, preciso que conozcamos de
antemano todas las cosas que nos pueden conducir a error o a equívoco, a fin de
precavernos contra ellas en nuestro camino. Sólo entonces podremos estar
seguros (respecto de la materia que queríamos investigar) de que hemos
tropezado con la verdad y de que no nos hemos equivocado. Y así, cuando nos
ocurrieren dudas respecto de una cosa que hayamos averiguado y nos asalte la
sospecha de que en su averiguación hemos descuidado algo esencial,
inmediatamente podremos someter nuestra averiguación a crítica, y si en ella
hubo efectivamente algún error, nos daremos cuenta de él y corregiremos con
facilidad el mal paso que hubiéramos dado.
Eso mismo nos sucederá cuando intentemos demostrar a
los demás la verdad de nuestras opiniones, puesto que para evidenciar a los
ojos la verdad de una opinión nuestra, habremos de emplear análogos medios y
procedimientos a los que hemos empleado para evidenciarnos de ella a nosotros
mismos. Y si alguien nos contradijere respecto de alguna afirmación o de algún
argumento de los que le hemos presentado en apoyo de aquella opinión nuestra y
nos exigiere que le mostremos cómo dicho argumento es precisamente prueba de la
tesis que nosotros sostenemos y no lo es de la tesis contraria y por qué
nuestro argumento es más apto que otros cualesquiera para dicha demostración,
podremos evidenciarle todo eso.
Igualmente, cuando alguien quisiere demostrarnos la
verdad de una opinión, tendremos medios de aquilatar el valor de sus
afirmaciones y de sus argumentos con los que él supone que su opinión se
demuestra, y si en realidad fueren demostrativos, veremos claramente por qué
razón lo son y así admitiremos lo que admitamos a ciencia y conciencia; lo
mismo que en el caso contrario, si él trata de engañarnos o se engaña,
descubriremos la razón de su falacia o de su error, y así podremos también a
ciencia y conciencia condenar como de mala ley lo que rechacemos.
En cambio, si ignoramos la lógica, nuestra situación
en todos estos casos será completamente contraria y a la inversa, dije mal:
será más grave, mucho peor y más vergonzosa.
Otra utilidad de la lógica consiste en que con ella
nos ponemos en guardia y podemos tomar las precauciones precisas contra lo
imprevisto, cuando queramos examinar tesis que sean contradictorias o decidir
entre dos adversarios que discutan, o acerca del valor de las afirmaciones y
argumentos invocados por cada uno de ellos en apoyo de su opinión y en
refutación de la de su adversario. Porque si ignoramos la lógica, no podremos
certificarnos de parte de quién está la verdad, ni cómo atinó con ella el que
atinó, ni por qué razón acertó, ni cómo resulta que sus argumentos demuestran
necesariamente la verdad de su tesis. De modo que, en tal caso, nos
expondremos, o a quedarnos perplejos ante todas las opiniones sin saber cuál de
ellas es verdadera y cuál falsa, o a sospechar que todas ellas son igualmente
verdaderas, a pesar de ser contradictorias, o a creer que en ninguna de ellas
está la verdad, o a resolvernos a admitir unas y a rechazar otras, sin saber
por qué razón las admitimos o las rechazamos. Por lo cual, si alguno de los
contendientes nos contradice en algo que hemos admitido o rechazado, no
podremos demostrarle la razón en que nos hemos fundado.
Y si por acaso sucediera que en lo que hemos
admitido o rechazado hubiese algo que realmente fuese tal y como nosotros lo
pensamos, no podríamos estar ciertos, en ninguno de ambos casos, de que ello es
realmente así como nosotros lo creemos, sino que, por el contrario, nos quedará
siempre la sospecha de que todo cuanto creemos que es verdadero es fácil que
sea falso, o recíprocamente, lo que hemos creído falso es fácil que sea
verdadero. O también es fácil que nos volvamos a la opinión respectivamente
contraria en cada uno de ambos casos, porque puede muy bien ser que alguien nos
presente una nueva razón o que a nosotros mismos nos venga a las mientes una
idea, la cual nos incline a abandonar la opinión que actualmente tenemos por
verdadera o falsa para adoptar su contraria. De modo que, en todas estas dudas,
nos tendremos que conducir como dice el adagio: «al modo del leñador de noche».
Este mismo peligro se nos mostrará cuando algunos
pretendan pasar ante nosotros por hombres competentísimos en una ciencia
cualquiera. Si ignoramos la lógica, no tendremos medio de aquilatar el valor de
sus pretensiones: o habremos de juzgar que todos dicen verdad o sospechamos de
todos ellos o nos lanzaremos a distinguir entre unos y otros; pero en los tres
casos nos decidiremos sólo por mero capricho del azar, sin conocimiento de
causa y sin que estemos seguros de que aquel a quien diputamos por hombre de
ciencia no sea un despreciable farsante a quien otorguemos nuestro
asentimiento, cuando sólo merece que se le contradiga, y a quien demos nuestra
preferencia, cuando cabalmente se está burlando de nosotros, sin que nosotros
nos enteremos; o al revés, cabe que sea un hombre veraz aquel de quien hemos
sospechado, y así lo rechacemos injustamente sin darnos de ello cuenta.
Tales son los perjuicios que implica
la ignorancia de la lógica y la utilidad que su conocimiento envuelve.
Es, pues, evidente que la lógica es necesaria para
todo aquel que no quiera limitarse a meras opiniones en la formación de sus
juicios y creencias, pues las meras opiniones son aquellos juicios que uno
forma sin estar seguro de que luego no los ha de abandonar para admitir otros
contrarios a ellos. Ahora, para aquel que prefiera contentarse con meras
opiniones en sus juicios, no es necesaria la lógica.
Hay quienes pretenden que un asiduo ejercicio en las
discusiones y argumentos polémicos o una práctica continua de las matemáticas,
v. gr., de la geometría o de la aritmética, suple perfectamente por el estudio
de las reglas de la lógica o equivale a él y desempeña su misma función o
proporciona al hombre la facultad necesaria para criticar toda afirmación,
argumento y opinión, o basta para dirigirle rectamente hacia la verdad y la
certeza, a fin de que no yerre en ninguno de sus conocimientos. Mas el que tal
pretende se asemeja a quien supusiera que el ejercicio y la disciplina
consistentes en aprender de memoria versos y trozos retóricos y en recitarlos
asiduamente suple por el estudio de las reglas de la gramática, para hablar
correctamente y para evitar todo defecto de lenguaje, o equivale a ese mismo
estudio, desempeña su misma función y proporciona al hombre la facultad de
criticar la morfología de toda palabra para decidir si es correcta o defectuosa.
La respuesta que debe darse en este caso, respecto de la gramática, es
exactamente la misma que conviene dar en aquel otro, respecto de la lógica.
Hay también quienes pretenden que el estudio de la
lógica es superfluo e innecesario, porque es muy posible que se encuentre
alguna vez algún hombre dotado de un talento natural tan perfecto, que nunca
jamás deje de atinar con la verdad, sin que conozca ni una sola de las leyes de
la lógica. Mas el que tal pretende se asemeja a quien supusiera que la gramática
es superflua, porque entre los hombres hay algunos que jamás cometen
incorrecciones de lenguaje, sin que conozcan ni una sola de las reglas de la
gramática. La respuesta acerca de la utilidad de las reglas es idéntica en
ambos casos.
Los objetos de la lógica, es decir, aquello sobre lo
cual la lógica da reglas, son las ideas o inteligibles, en cuanto guardan
relación semántica o significativa con las palabras, y las palabras en cuanto
significan las ideas.
Esto es así, porque la verdad de un juicio no conseguimos
aquilatarla dentro de nuestro espíritu, sino reflexionando, examinando
atentamente y fijando en nuestro espíritu ciertas ideas y objetos cuya función
es servir de medios para probar la verdad de aquel juicio; e igualmente no
podemos demostrar a los demás la verdad de un juicio, sino hablándoles con
palabras que les hagan comprender aquellas ideas y objetos cuya función es
servir de medios para demostrar la verdad de aquel juicio.
Pero no es posible que demostremos la verdad de
cualquier juicio que se nos ocurra con cualesquiera ideas que a la mente nos
vengan, ni tampoco cabe que el número de esas ideas sea algo contingente ni que
puedan ser utilizadas para aquel fin, sean como sean y organizándolas y
sintetizándolas en cualquier forma; antes al contrario, para cada juicio cuya
verdad deseemos demostrar, necesitaremos servirnos de ciertas y determinadas
ideas, que han de ser de un número taxativo, que deberán reunir condiciones
cualitativas fijas y que tendrán que organizarse y componerse entre sí de un
modo preciso; eso mismo es necesario que ocurra con las palabras de que nos
sirvamos para expresar aquellas ideas, cuando tratemos de demostrar a los demás
la verdad de aquel juicio. Y por eso necesitamos forzosamente reglas que nos
preserven y guarden de todo error respecto de las ideas y de su expresión por
las palabras.
Los antiguos daban a cada una de estas dos cosas, es
decir, a las ideas o inteligibles y a las palabras que las expresan, un mismo
nombre: razón y verbo; pero a las ideas las denominaban el verbo o la razón
interior, grabada en el alma; aquello mediante lo que se expresa ese verbo
interior, lo denominaban el verbo o la razón exteriorizada por la voz; aquello
de que el hombre se sirve para comprobar dentro de sí mismo la verdad de un
juicio, es el verbo grabado en el alma; aquello que sirve para demostrarla a
los demás es el verbo exteriorizado por la voz. El verbo, cuya función consiste
en demostrar la verdad de un juicio cualquiera, lo denominaban los antiguos «el
silogismo, tanto si era verbo interior grabado en el alma, como si era
exteriorizado por la voz. La lógica, pues, da las reglas, a que antes nos hemos
referido, para ambos verbos, interior y exterior, juntamente.
La lógica tiene de común con la gramática el dar, como
ésta, reglas acerca del uso de las palabras; y se distingue de ella en que la
gramática da tan sólo las reglas propias y privativas de las palabras de un
pueblo determinado, mientras que la lógica da las reglas comunes y generales
para las palabras de todos los pueblos. Porque es de advertir que en las
palabras existen accidentes o modos de ser que son comunes a todos los pueblos,
como, por ejemplo, el que las palabras sean de dos categorías: aisladas o
sueltas y unidas o asociadas entre sí, o que la palabra aislada tiene que ser
de tres categorías: nombre, verbo y partícula; o que se clasifican en regulares
e irregulares; o cosas semejantes a éstas. Pero, además, existen otros modos de
ser de las palabras, propios y privativos de una sola lengua, como, por
ejemplo, el que el sujeto agente de la proposición deba estar en nominativo, y
el objeto paciente en acusativo; o que el nombre determinado ya por un genitivo
posterior no admite el artículo determinativo. Todas estas propiedades de las
palabras y otras muchas son privativas de la lengua de los árabes. Y lo mismo
acaece con la lengua de otro pueblo, es decir, que posee propiedades privativas
suyas. Ahora bien; es innegable que se encuentran en la gramática algunas
cualidades de las palabras que son comunes a las lenguas de todos los pueblos;
pero de esas cualidades comunes tratan los gramáticos únicamente en cuanto se
encuentran y del modo que se encuentran en aquella determinada lengua para la
que ha sido inventada aquella particular gramática v. gr.: los términos
técnicos que los gramáticos árabes dan al nombre, verbo y partícula (nombre,
acción y letra), o que los gramáticos griegos dan a las partes de la oración de
la lengua griega: nombre, verbo y partícula. Esta división no es que se
encuentre únicamente en el árabe o en el griego, sino en todas las lenguas;
pero los gramáticos árabes la emplean en cuanto propia del árabe, y los
gramáticos griegos en cuanto propia del griego.
Así, pues, la gramática, respecto de cada lengua,
estudia tan sólo lo que es peculiar o exclusivo de la lengua de aquel pueblo y
lo que es común a ella y a otras, pero no en cuanto común, sino en cuanto
propio de ella. Y ésta es la diferencia que existe entre la manera de estudiar
las palabras los gramáticos y los lógicos; porque la gramática da los cánones
que son peculiares a las palabras de un determinado pueblo y considera los
fenómenos que son comunes a aquella lengua y a otras, no en cuanto comunes,
sino en cuanto se observan en dicha lengua, para la cual aquella gramática ha
sido redactada. En cambio, los cánones que la lógica da acerca de las palabras
atañen solamente a los fenómenos que son comunes a las palabras de todos los
pueblos y considerados en cuanto comunes, sin estudiar ni uno solo de los que
son privativos de las palabras de un pueblo determinado; es más: para lo que
necesita estudiar de estos fenómenos peculiares de cada lengua, la lógica se
encomienda a la autoridad de los hombres peritos en la gramática respectiva.
Por lo que se refiere al título de lógica, es evidente
que le ha sido impuesto atendiendo a la totalidad del fin que se propone.
Deriva, en efecto, de logos [verbo], término que tenía para los filósofos
antiguos tres sentidos: 1° El verbo exteriorizado por la voz, mediante el cual
expresa la lengua lo que en la conciencia se guarda oculto. –2° El verbo
guardado en el alma, es decir, las idea o inteligibles, significadas por las
voces. –3° La facultad anímica puesta por Dios en el hombre, mediante la cual
se le distingue, con diferencia última, de todos los demás animales; con ella
adquiere el hombre los inteligibles, es decir, las ideas, los conocimientos
científicos, las artes; mediante ella se realiza la intuición intelectual;
mediante ella se distingue la belleza y fealdad moral de las acciones. Esta
facultad se encuentra en todos los hombres, hasta en los niños; pero en éstos
es muy exigua, no llega todavía a realizar su función propia, lo mismo que le
sucede a la facultad del pie del niño para andar, o como el fuego poco intenso,
que no llega a producir la combustión del tronco de palmera. También existe
esta facultad en los locos y en los ebrios; pero sólo como en el ojo del
estrábico reside la facultad de ver. En el hombre, mientras duerme, también,
pero está como en el ojo cerrado; en el que sufre un síncope, como en el ojo
velado por una nube de vapor o cosa análoga.
Ahora bien; como que la lógica da reglas para el uso
del verbo exterior y del verbo interior, y mediante estas reglas dirige y
rectifica a la razón, que es facultad esencial del hombre, para que realice su
función propia sobre el verbo exterior y el interior de la mejor manera
posible, de la más acertada y más perfecta, por todo esto se le ha dado un
nombre derivado de logos [verbo], tomando esta voz en sus tres acepciones.
Muchos libros que solamente dan reglas para el uso del verbo exterior, es
decir, libros de gramática, se llaman con este mismo nombre. Luego es evidente
que con más razón merece este nombre la ciencia que enseña el recto uso del
verbo en sus tres acepciones.
Las partes de la lógica son ocho. En efecto: las
especies de silogismo y las especies de elocución que pueden emplearse para
demostrar una opinión o cuestión cualquiera, y las especies de las artes cuya
función propia (cuando son perfectas) consiste en servirse del siogismo
elocutivo, pueden reducirse, en suma, a cinco: apodícticas, polémicas,
sofísticas, retóricas y poéticas.
Las elocuciones apodícticas son aquellas cuya
función consiste en producir un conocimiento cierto acerca de la cuestión cuya
resolución se busca; y esto, tanto si el hombre las emplea dentro de su propio
espíritu para investigar él mismo dicha cuestión, como si se sirve de ellas
para demostrársela a otro, como si otro las usa para demostrársela a él. En
todos estos casos la función propia de tales elocuciones es dar por resultado
un conocimiento cierto. El conocimiento es cierto, cuando lo conocido no cabe
absolutamente que sea de otro modo; cuando no cabe en modo alguno y por ninguna
causa que el hombre que lo posee se retracte de él, ni que él mismo conciba
como posible tal retractación; cuando no cabe que le ocurran sospechas de
error, ni le venga a las mientes sofisma alguno que le obligue a rechazar lo
que ya conoce, ni dudas ni conjeturas.
Las elocuciones polémicas se emplean en dos casos:
1°, cuando uno arguye con afirmaciones de común sentir, de esas que todos los
hombres admiten, tratando sólo de vencer al adversario sobre una tesis de cuya
verdad éste responde, o defender contra él otra tesis con afirmaciones de aquel
mismo género. Si el que arguye se propone vencer al defensor, pero con
afirmaciones o medios que no sean de común sentir, y si el defensor intenta
sostener su tesis o propugnarla, pero con afirmaciones que no sean tampoco de
común sentir, entonces la función de ambos no pertenece al método polémico; 2°,
cuando el hombre se sirve de afirmaciones de común sentir como medios para
sugerir sospechas vehementes de error en su propio ánimo o en el de otra
persona, respecto de una opinión cuya verdad intenta comprobar, llegando hasta
imaginar que es cierta, sin que en realidad lo sea.
Las elocuciones sofísticas son aquellas cuya función
propia consiste en inducir a error al entendimiento, extraviarlo y confundirlo,
a fin de que llegue a sospechar que es verdad lo que no lo es y recíprocamente;
que es un eminente sabio el que no lo es en realidad; y que no es un filósofo
verdadero y un sabio el que realmente lo es.
Este nombre, sofística, designa la habilidad técnica
que da al hombre la facultad de engañar, de adulterar la verdad, de falsificarla,
mediante la palabra, hasta el punto de hacer pensar a los demás una de estas
cosas: o que él está en posesión de la ciencia, de la filosofía y de la
perfección y que los otros son imperfectos, sin que realmente sea así; o que
una tesis cualquiera es falsa siendo verdadera, y recíprocamente.
Sofística es una palabra griega, compuesta de sofia,
que es la sabidurla, y de isthi, que significa falsificado. Viene, pues, a
significar: sabiduría falsificada. De modo que todo el que posee la facultad de
adulterar la verdad y de engafiar mediante la palabra, acerca de cualquier
asunto, se le designa con este nombre.
Han dicho algunos (pero no es como ellos suponen)
que el nombre sofista era un nombre propio de una persona que existió en la
Edad Antigua y que tenía por sistema negar la realidad de toda percepción
sensible y de todo conocimiento racional; y que sus partidarios, los que
seguian su doctrina y defendían su sistema, fueron llamados sofísticos, como
también se aplicó ese mismo nombre a todo el que después sostuvo y defendió esa
misma idea. Pero esta explicación es una mera sospecha, audaz y estúpida en
extremo, porque ni en los siglos pasados existió hombre alguno, cuyo sistema
consistiese en negar la realidad de las ciencias y de las percepciones
sensibles y a quien se aplicase tal sobrenombre, ni los antiguos designaron así
a hombre alguno determinado porque lo considerasen como secuaz de un maestro
que se hubiese apellidado sofista. Antes al contrario, si a alguno lo llamaron
así, fue únicamente porque la habilidad técnica que poseía, la manera especial
de hablar que empleaba y la facultad que tenía, era la de engañar y confundir
perfectamente a cualquier persona; como designaron con el nombre de polemista a
uno, no porque le considerasen como secuaz de un maestro que se hubiese
apellidado polemo, sino porque poseía la habilidad técnica y la manera especial
de hablar, que consiste en el uso perfecto del arte de la discusión con
cualquier persona. De igual manera, por consiguiente, es sofista el que posee
esa virtud y ese arte; y sofística es el arte mismo o habilidad técnica, y su
acto u operación propia se llama también acto sofístico.
Las elocuciones retóricas son aquellas cuya función
propia consiste en conseguir persuadir al hombre acerca de cualquier opinión,
haciendo que su espíritu se incline a confiar en la verdad de lo que se le dice
y otorgar a ello su asentimiento, con intensidad mayor o menor; porque las
adhesiones fundadas en la mera persuasión, si bien son inferiores en intensidad
a la opinión muy probable, admiten entre sí varios grados, siendo unas más
firmes que otras, según que lo sean las elocuciones que las producen, puesto
que, indudablemente, ciertas elocuciones persuasivas son más eficaces, más
elocuentes, más fidedignas que otras; lo mismo ocurre con los testimonios:
cuantos más en número, tanto más elocuentes y eficaces son para persuadir y
convencer de la verdad de una noticia y para obtener un asentimiento más firme
respecto de la verdad de aquello que se dice. Mas, a
pesar de esta variedad de grados en la intensidad de la persuasión, ninguna de
las elocuciones retóricas puede llegar a producir el consenso propio de la
opinión muy probable, próxima a la certeza. Y en esto se diferencia, bajo este
respecto, la retórica de la polémica.
Las elocuciones poéticas son aquellas que se
componen de elementos cuya función propia consiste en provocar en el espíritu
la representación imaginativa de un modo de ser o cualidad de la cosa de que se
habla, sea esta cualidad excelente o vil, como, por ejemplo, la belleza, la
fealdad, la nobleza, la abyección u otras cualidades semejantes a éstas. Al
escuchar las elocuciones poéticas, nos ocurre, por efecto de esa sugestión
imaginativa que en nuestros espíritus provocan, algo análogo a lo que nos pasa
cuando miramos un objeto parecido a otro que nos repugna, porque inmediatamente
que lo miramos, la imaginación nos lo representa como algo que nos disgusta, y
nuestro espíritu se aparta y huye de él, aunque estemos bien ciertos de que el
tal objeto no es en realidad tal como nos lo imaginamos. Así, pues, aunque
sepamos que lo que nos sugieren las elocuciones poéticas respecto de un objeto
no es tal como ellas nos lo sugieren, sin embargo obramos tal y como obraríamos
si estuviésemos seguros de que es así, porque el hombre muchas veces obra en
consecuencia de lo que imagina, más que siguiendo lo que opina o sabe; y muy a
menudo resulta que lo que opina o sabe es contrario a lo que imagina, y en
tales casos, obra conforme a lo que imagina y no según lo que opina o sabe.
Esto mismo nos ocurre cuando miramos a las imágenes representativas de una cosa
o a los objetos que se parecen a otro.
Las elocuciones poéticas se emplean únicamente
cuando se dirige la palabra a un hombre a quien se le desea excitar a que haga
una cosa determinada provocando en su espíritu una emoción o sentimiento e
inclinándole así con arte a que la realice. Mas esto no puede ser sino en dos
hipótesis: o cuando el hombre ese a quien se trata de inducir es un hombre
falto de reflexión para dirigirse por ella, y, por tanto, tiene que ser
excitado a obrar lo que se le propone por medio de la sugestión imaginativa, la
cual hace para él las veces de la reflexión; o cuando se trata ya de un hombre
dotado de espíritu reflexivo, pero se quiere conseguir de él que realice algún
acto que, si él lo examina reflexivamente, no es seguro que lo haga; y en este
caso se le aborda de improviso con frases poéticas a fin de que la sugestión
imaginativa preceda a su reflexión y se lance de este modo, por la precipitación,
a realizar aquel acto, antes de que la reflexión acerca de sus consecuencias se
le hagan retractarse de su propósito y se abstenga en absoluto de realizarlo o
se decida a no apresurarse y a dejarlo para más adelante, en vista de la
conveniencia de estudiarlo detenidamente. Por esta razón, las elocuciones
poéticas son las únicas que se presentan hermoseadas, adornadas, llenas de
énfasis y redundancias, pulidas con el esplendor y brillo que proporcionan los
recursos de que trata la ciencia de la lógica.
Resulta, pues, que las especies de demostración, las
artes demostrativas, las varias maneras de elocución que se emplean para probar
una tesis en toda clase de materias, son cinco en suma: ciertas, probables,
falaces, persuasivas e imaginativas.
Cada una de estas cinco artes tiene propiedades que
le son privativas y propiedades que le son comunes con las demás.
Las elocuciones demostrativas, lo mismo si se las
considera en cuanto grabadas en el alma como en cuanto exteriorizadas por la
voz, se componen: en el primer caso, de varias ideas o inteligibles enlazadas y
organizadas entre sí para demostrar la verdad de una cosa; y en el segundo
caso, de varias palabras enlazadas igualmente y organizadas entre sí, las
cuales expresan aquellas ideas y equivalen a ellas, resultando, de esta
correspondencia de las palabras a las ideas, que las palabras son como los auxiliares
y ayudas de las ideas para producir en quien las oye la demostración de una
verdad.
Las elocuciones fónicas que constan de menos
elementos se componen de dos solas palabras; y las elocuciones mentales
correspondientes a ellas se componen también de dos solas ideas o inteligibles.
Estas elocuciones se llaman simples.
Las elocuciones demostrativas constan de elocuciones
simples y son, por ello, elocuciones compuestas. De éstas, las que de menos
elementos constan son las que se componen de solas dos elocuciones simples. El
máximum de elementos que pueden tener es indefinible.
Toda elocución demostrativa consta, por
consiguiente, de dos clases de elementos: elementos mayores, que son las
elocuciones simples, y elementos menores, que son los elementos de los
elementos, es decir, las ideas aisladas y las palabras que las expresan.
Infiérese de aquí que las partes de la lógica han de
ser necesariamente ocho, cada una de las cuales se contiene en un libro
especial.
Libro 1º, que contiene los cánones de las ideas
aisladas y de las palabras que las expresan. Este libro es el titulado en árabe
al-maqulat (Los predicamentos), y en griego Kathgaríai (Categorías).
Libro 2º, que contiene los cánones de las
elocuciones simples, las cuales constan de dos solas ideas aisladas o de las
dos palabras que las expresan. Este libro se titula en árabe al-ibara (La interpretación),
y en griego Perìermhneíai (Sobre la interpretación).
Libro 3°, que contiene los cánones, mediante los
cuales se aquilata el valor de las especies de demostración comunes a las cinco
artes demostrativas. Este libro se titula en árabe al-qiyas (El silogismo,) y
en griego Analutiká (Analítica Primera).
Libro 4°, que contiene los cánones, mediante los
cuales se aquilata el valor de las elocuciones apodícticas y aquellos por los
que se rige la sistematización de los problemas de la filosofía para que sus
investigaciones tengan el éxito más perfecto, más excelente y más completo.
Este libro se titula en árabe Kitab al-burhan (Libro de la demostración
apodíctica), y en griego Analutiká (Analítica Segunda).
Libro 5°, que contiene los cánones, mediante los
cuales se aquilata el valor de las elocuciones polémicas, el método de la
objeción y de la respuesta dialécticas y, en suma, los cánones por los que se
rige la sistematización del arte de la controversia para que sus operaciones
todas resulten lo más perfectas, excelentes y eficaces que sea posible. Este libro
se titula en árabe Kitab al-mawadi i al-yadabiyya (Libro de los lugares
dialécticos), y en griego Topiká (Lugares o Tópicos).
Libro 6°, que contiene primeramente los cánones para
el uso de los medios, cuya función propia es extraviar al entendimiento del
camino de la verdad, engañarlo y dejarlo perplejo. En él se enumeran todos los
recursos de que se sirve el que se propone alterar la verdad y falsificarla
sutilmente en los conocimientos y en las elocuciones. Después enumera además
los necesarios para encontrar esas elocuciones sofísticas de que se sirve el
falsario y el farsante; explica cómo se resuelve y qué es lo que debe recusarse
y cómo ha de preservarse el hombre de caer en un sofisma en sus investigaciones
o de inducir a error a los demás. Este libro se llama en griego Sofistiká
(Sofística), que quiere decir la sabiduría falsificada.
Libro 7°, que contiene los cánones, mediante los
cuales se examina y aquilata el valor de las elocuciones retóricas, de las
varias especies del discurso oratorio, de las maneras de hablar empleadas por
los literatos y oradores, a fin de averiguar si se acomodan o no al método
propio de la retórica. En dichos cánones se enumeran todos los elementos que
contribuyen a integrar el organismo del arte de la retórica, dando a conocer la
manera artificiosa de componer en cada materia las elocuciones de este arte y
los recursos por los cuales haya de resultar lo más excelente y perfecto que
sea posible, y sus operaciones lo más eficaces y elocuentes que quepa. Este
libro se llama en griego Rhtorikhi, que es (en árabe) al-jitaba (La Retórica).
Libro 8°, que contiene los cánones, mediante los
cuales se someten a examen las poesías y las elocuciones poéticas artificiales
en general, y aquellas que particularmente se componen para cada género poético
según las materias. En esos cánones se enumeran todos los elementos que
integran el organismo del arte de la poesía, cuántas son sus partes, cuántas
clases hay de poesías y de elocuciones poéticas, cuál es la manera artificiosa
para componer cada una de ellas, con qué recursos se puede contar para su
composición, cómo se consigue que la poesía sea un todo orgánico, y que resulte
dotada de la mayor belleza, énfasis, brillo y gusto posibles y, en fin, qué
cualidades debe reunir para que su elocuencia produzca el efecto máximo. Este
libro se llama en griego Poieutikhi (Poética), que es (en árabe) Kitab al-si ar
(Libro de la poesía).
Estas son las partes de la lógica y el sumario de
todas las materias que cada una de sus partes contiene.
De todas ellas, la 4ª parte es la primera y
principal, por razón de su nobleza y primacía.
El único fin que la lógica se propone realizar,
intentione prima, es el objeto de esa cuarta parte; todas las otras partes han
sido hechas tan sólo por razón de la cuarta parte, pues las tres que la
preceden en el orden de la enseñanza son preliminares, introducciones, camino
para llegar a ella; y las cuatro restantes que la siguen obedecen a dos causas:
es la primera, que en cada una de esas partes hay reglas que sirven de ayuda y
auxilio, algo así como de instrumentos para la para la parte 4ª, a la cual
coadyuvan unas más y otras menos; es la segunda causa el estar en guardia para
evitar confusiones; porque si esas artes demostrativas no se distinguen bien
entre sí, con distinción in actu unas de otras, hasta el punto de que se
conozcan los cánones de cada una de ellas separadamente, distinguiéndolos de
los cánones de las otras, no podrá estar seguro el hombre, cuando busque la
verdad cierta, de no servirse de argumentos dialécticos, sin saber que lo son,
y apartarse así de la certeza para dar en meras opiniones probables; o de
emplear, sin darse cuenta, pruebas retóricas que sólo le conducirán a la
persuasión; o de echar mano, sin pensarlo, de razonamientos sofísticos, los
cuales, o le harán sospechar que es verdad real lo que no lo es y que debe
darle crédito como a tal, o le dejarán en el estado de la duda negativa; o bien
se servirá, sin advertirlo, de elocuciones poéticas, y así formulará sus
juicios, apoyándose sobre meras representaciones imaginativas. De modo que, en
todos y cada uno de estos casos, el hombre se obstinará en creer que camina por
el sendero que conduce a la verdad y que ha encontrado lo que busca, sin que
realmente sea así. De la misma manera, el que conoce los alimentos y los
medicamentos, si no los sabe distinguir, in actu, de los venenos, mediante sus
signos característicos que le permitan formar un juicio cierto, no podrá estar
seguro de que no se los propine a sí propio, creyendo que son un alimento o una
medicina, sin darse cuenta, y así perezca miserablemente.
El objeto que estas cuatro últimas partes se
proponen, intentione secunda, es el de suministrar a los técnicos de cada una
de las cuatro artes todos los medios para el recto uso del arte respectivo, a
fin de que sepa el hombre, cuando quiere llegar a ser hábil polemista, cuántas
cosas necesita aprender y de qué medios ha de servirse para aquilatar, en su
propio espíritu o en el de los demás, el valor de sus elocuciones y saber si
con ellas marcha o no por el camino de la dialéctica. Igualmente, si quiere
llegar a ser orador elocuente, sabrá cuántas son las cosas que necesita
aprender, y por qué medios deberá examinar en sí o en los otros el carácter de
sus elocuciones para ver si se sujetan al método retórico o a otro método. Así
también sabrá, si quiere ser excelente poeta, cuántas cosas ha
de aprender necesariamente para ello, y qué cosas le servirán para examinar en
sí o en los demás poetas si sus elocuciones siguen el método poético o se
apartan de él para confundirse con otro método. De la misma manera sabrá, si
quiere poseer la facultad de engañar a los demás y de que a él no lo engañen,
cuántas cosas necesita aprender para ello, y de qué recursos podrá servirse
para criticar el valor de toda frase y de toda idea, a fin de averiguar si en
ellas se engaña él mismo o se engañan los otros, y en qué punto estriba el
error.
Artículo III
De la ciencia de las matemáticas
Esta ciencia se divide en siete grandes partes, que
ya hemos enumerado al principio del libro. Con el nombre de Ciencia de la
aritmética se conocen dos clases: 1ª, aritmética práctica; 2ª, aritmética
teórica.
La aritmética práctica se ocupa de los números, en
cuanto que son números para los cuerpos o las cosas semejantes, cuya medida
necesita precisarse. Ejemplo: hombres, caballos, dinares, dirhemes u otras
cosas numerables. Estos son los números que usa el pueblo en las transacciones
comerciales de los zocos y de las ciudades.
La aritmética teórica solamente se ocupa de los
números en abstracto, en cuanto que en la mente están separados de los cuerpos
y de todos los objetos numerados. Y no especula sobre ellos sino en cuanto que
están abstraídos de todos los cuerpos sensibles que pueden numerar, y de todo
respecto que abarca a la totalidad de los números que sirven para numerar las
cosas sensibles y las insensibles. Esta última clase de aritmética es la que
entra en el cuadro de las ciencias.
La aritmética teórica trata de los números haciendo
abstracción de todas sus propiedades esenciales simples, que no se relacionan
entre sí, como, por ejemplo, el par y el impar, y de todas aquellas propiedades
que los relacionan entre sí, como, por ejemplo, la que existe entre números
iguales y desiguales, múltiplos y divisores, el ser o no ser proporcionales, el
ser o no ser semejantes, el ser conmensurables o inconmensurables.
Además se ocupa [la aritmética teórica] de las
propiedades de la suma de los números entre sí, de su multiplicación, de su
resta y de su división; de sus potencias, como, por ejemplo, el cuadrado y el
cubo, y en los números compuestos, como el rectangular, o del de tres
dimensiones, perfecto o no perfecto. De todo esto, pues, se ocupa y de las
propiedades por las que los números se relacionan entre sí, y enseña, además,
el modo con que se deduce un número de otro conocido, y, en resumen, de todas
las operaciones que resultan de los números.
De la ciencia de la geometría
La ciencia designada con esta palabra es de dos
clases: geometría práctica y geometría teórica.
La geometría práctica estudia líneas y superficies materiales,
el cuerpo madera, si el que la emplea [la geometría] es carpintero; el cuerpo
hierro, si es herrero; el cuerpo pared, si es albañil; las superficies y
medidas de las tierras, si es agrimensor; y lo mismo todo geómetra práctico,
pues solamente se imagina las líneas, las superficies, los cuadrados, los
triángulos y las circunferencias en cuerpo de las materias que son los objetos
de esta ciencia práctica.
La geometría teórica solamente estudia las líneas,
las superficies y los cuerpos en abstracto y en general [por su figura], y bajo
el respecto por el cual comprende a las superficies de todos los cuerpos. Se
imagina las líneas en el aspecto más general en que no se piensa en qué cuerpo
estén, y lo mismo se imagina las superficies, los triángulos, los cuadrados y
los círculos bajo su aspecto más amplio, sin pensar en qué cuerpo estén; en
este mismo aspecto general considera los cuerpos geométricos sin concretarlos a
una materia o a algo sensible; antes, por el contrario, los considera en
abstracto, sin pensar que un cuerpo geométrico determinado es madera, pared o
hierro, sino la forma común a éstos.
Esta última clase [la teórica] es la que entra en el
conjunto de las ciencias, y se ocupa de las líneas, superficies y cuerpos
geométricos en abstracto, de sus figuras, de sus medidas, de sus igualdades, de
sus desigualdades, de sus posiciones, de su orden y de todas sus propiedades,
como el punto, los ángulos. Trata además de los cuerpos proporcionales y de los
que no son proporcionales, de los conmensurables, de los inconmensurables, de
los racionales e irracionales y de las clases de estos dos últimos. Enseña el
modo de construir todas y cada una de las figuras y cuerpos que constituyen el
objeto de la Geometría, y de qué modo deduce todo lo que es propio que deduzca
de ellas; enseña, además, las causas de todo esto y por qué ello sea así, con
demostraciones apodícticas que nos dan la ciencia cierta, en la que no es
posible duda alguna. Esto es el conjunto de lo que trata la Geometría.
Esta ciencia tiene dos partes: una parte que estudia
las líneas y las superficies, y otra parte que estudia los cuerpos. La que
estudia los cuerpos se subdivide según las especies de los cuerpos, como, por
ejemplo, el cubo, el cono, la esfera, el ciindro, los prismas, ¿las secciones
cónicas? El estudio de todo esto se hace bajo dos respectos: primero, que se
estudie cada uno de ellos en sí, como el estudio de las líneas, de las
superficies, del cubo, del cono separadamente; segundo, que se estudien estos
cuerpos y sus propiedades en cuanto que se relacionan unos con otros; y esto,
bien en el caso de que unos se midan por otros, en el cual estudiará su
igualdad, su desigualdad u otras propiedades distintas, bien en el caso que
algunos se coloquen en los otro y se fijen, como si se coloca y se fija una
línea en una superficie, o una superficie en un cuerpo, o una superficie en
otra superficie, o un cuerpo en otro cuerpo.
Conviene hacer notar que la Geometría y la
Aritmética tienen bases y principios, y las demás cosas se derivan de estos
principios. Los principios son cosas definidas; lo que se deriva de estos
principios, cosas indefinidas. En el libro atribuido a Euclides el Pitagórico
se encuentran los principios de la geometría y de la aritmética; es el llamado
Libro de los elementos. El estudio de esta materia se puede hacer por dos
métodos: analítico y sintético. Los más antiguos que se ocuparon de esta
ciencia reunieron en sus libros estos dos métodos, excepto Euclides, que en su
libro emplea solamente el método sintético.
Ciencia de los aspectos [óptica]
Trata de lo mismo que trata la geometría: las
figuras, las magnitudes, las posiciones, el orden, la igualdad, la desigualdad;
pero no en cuanto que estas cosas existen en las líneas, superficies y cuerpos
en abstracto. La geometría, en cambio, trata de todas estas cosas en cuanto que
existen en líneas, superficies y cuerpos en abstracto. Es, pues, el estudio de
la geometría más general.
Ahora es preciso determinar la ciencia de los
aspectos [óptica] y ver si abarca la totalidad de lo que trata la geometría,
puesto que la mayor parte de las cosas que por necesidad estudia la geometría,
en cuanto que tienen algún respecto de figura, de posición, de orden, vienen a
convertir estos respectos en lo contrario cuando se los mira. Y así, aquellas
cosas que en realidad son cuadradas, si se las mira desde una cierta distancia,
se ven redondas; las que están juntas se ven separadas; las que están separadas
se ven iguales; muchas de las que están colocadas en un mismo plano, parecen
unas más bajas y otras más altas; parte de las que están delante parece que
están detrás, y cosas semejantes a éstas [que se citan]. Y esta ciencia
distingue entre lo que aparece a la vista de otra manera de como en realidad
es, y lo que aparece como es realmente; da además las causas de todo esto y si
esto es así por demostraciones apodícticas. Enseña, acerca de todo aquello en
lo que es posible que yerre la vista, los medios de ingenio para que no yerre,
sino que, por el contrario, sepa realmente en la cosa que ve, su cantidad, su
figura, su posición, su orden y los medios de ingenio para no errar en todo lo
demás acerca de lo que puede equivocarse la vista.
El arte permite al hombre medir la distancia de las
magnitudes lejanas, a las cuales no se puede llegar, y la cantidad de las
distancias respecto de nosotros y las distancias entre sí; y esto, por ejemplo:
la altura de los árboles grandes y de las paredes, la anchura de los valles y ríos,
la altura de los montes, la profundidad de los valles y los ríos después que se
ha dirigido la vista a sus extremos; las distancias de las nubes, &c., del
lugar en que nosotros estamos y enfrente de qué lugar de la tierra están; las
distancias de los cuerpos celestes y sus cantidades en cuanto que es posible
que se los mire según la incinación del que los contempla; y, en resumen, toda
magnitud cuya cantidad o cuya distancia de algo se pretende medir, después que
se ha mirado. Unas cosas se hacen con instrumentos, para certificar la vista a
fin de que no yerre, y otras se hacen sin instrumentos. Y todo lo que se mira y
se ve, solamente se ve por medio de un rayo que atraviesa la atmósfera y todo
cuerpo transparente y aumenta nuestra vista, hasta que se pone sobre el objeto
visto. Los rayos que penetran los cuerpos transparentes hasta el objeto visto
pueden ser rectos o reflejos, conversos o fractos. Rectos son los que cuando
salen de la vista marchan en la recta dirección de la vista hasta que pasan y se
cortan.
Reflejos son aquellos que cuando empiezan a salir de
la vista encuentran en su camino, antes que hayan pasado, un espejo, el cual
espejo los desvía del paso en línea recta, reflejándose oblicuamente en uno de
los lados del espejo; después sigue en el lado en que lo desvió el espejo hacia
delante del espectador.
Conversos son aquellos que vuelven del espejo por el
mismo camino por el que primeramente habían marchado, hasta que caen sobre el
cuerpo del que mira, de cuya vista salieron: por tanto, el hombre que mira se
ve a sí mismo en el mismo rayo. Los fractos son aquellos que vuelven del espejo
a la parte del que mira, de cuya vista salieron; pasan oblicuamente ante él por
uno de sus lados y caen sobre otro objeto, bien detrás del que mira, bien a su
derecha o a su izquierda, bien por encima de él; y el hombre ve lo que está
detrás de él, o en uno de sus otros lados.
El medio entre la vista y el objeto visto, y el
espejo, son, en resumen, los cuerpos transparentes: el aire, el agua, un cuerpo
celeste o algunos cuerpos compuestos artificialmente de cristal, o cosas de
este género. Los espejos que reflejan los rayos y les impiden seguir su camino,
pueden ser compuestos artificialmente de hierro bruñido o de otra cosa, o de
madera opaca pulimentada, o de agua, o de otro cuerpo cualquiera que sea de
semejante naturaleza.
La ciencia, pues, de los aspectos [óptica] trata de
todo lo que se ve o se mira por medio de estas cuatro clases de rayos en cada
uno de los espejos, y de todo lo perteneciente al objeto visto. Se divide en
dos partes: la primera es el tratado de lo que se mira por medio de los rayos
rectos; la segunda el tratado de lo que se mira por medio de los otros rayos. Y
ésta es propiamente la ciencia de los espejos.
Ciencia de la astronomía
Se distinguen con este nombre dos ciencias: una, la
ciencia de los juicios de las estrellas, que es la ciencia de las señales de
las estrellas sobre lo que va a suceder en lo futuro, sobre muchas cosas
existentes en el momento y sobre muchas que ya pasaron [Astrología]. La segunda
es la ciencia matemática de los astros [Astronomía], y ésta es la que se conoce
y se enumera entre las ciencias matemáticas, pues aquélla solamente es la que
se enumera entre las potencias y oficios con los cuales puede el hombre
precaverse respecto de lo que ha de suceder, como, por ejemplo, la
interpretación de los sueños, los augurios por el grito y el vuelo de las aves,
y otras facultades parecidas a éstas.
La astronomía matemática se ocupa de los cuerpos
celestes y de la tierra en tres formas: 1ª, de sus figuras, las posiciones de
unos respecto de otros, su orden en el mundo por respecto a las magnitudes de
sus cuerpos [masas], la relación de unos con otros y las magnitudes de sus
extensiones unas respecto de otras, y de que la tierra, en su totalidad, no
tiene traslación de su lugar ni en su lugar [rotación y traslación]; 2ª, de las
clases de movimientos de los cuerpos celestes, de que todos estos movimientos
son circulares y cuáles de ellos son los que son comunes a la totalidad de los
astros, bien sean estrellas o no lo sean, y los que son comunes a todas las
estrellas; además, de los movimientos especiales de cada estrella, la cantidad
de clases de movimientos, las direcciones en que se mueven, y en qué dirección
tiene cada una su movimiento; y enseña el medio de distinguir ciertamente el
lugar de cada estrella según las partes del Zodíaco en cada tiempo, en
cualquiera de las clases de movimiento. Se ocupa, además, de todos los
movimientos inherentes a los cuerpos celestes y a cada uno de ellos en el
Zodíaco, de las relaciones de unos con otros respecto a conjunciones y
separaciones y posiciones respectivas; y, en resumen, de todos los movimientos
que les son inherentes, excepto su relación a la tierra, como el eclipse de
sol; y de todas las cosas que les suceden a los cuerpos celestes por causa de
su posición respecto de la tierra, según el lugar del mundo en el cual están,
como el eclipse de luna. Demuestra todas estas propiedades, y su cantidad, y de
qué forma, en qué tiempo les sucede esto y en cuánto tiempo, como, por ejemplo,
el salir el sol, el ponerse; 3ª, trata de la tierra en cuanto que está habitada
o no habitada, la cantidad de la parte poblada, cuántas son sus grandes
divisiones, o sea los cimas; cuenta los lugares en los que coincide cada clima
en un tiempo y dónde está el sitio de cada población y su relación en el mundo;
se ocupa de todo lo que necesariamente va unido a cada clima y población por la
rotación del mundo, común a todo [el universo?], que es la rotación del día y
de la noche, por causa de la posición de la tierra en el lugar en donde en cada
momento está, como, por ejemplo, el amanecer y el anochecer, el alargarse o el
acortarse los días y las noches, y otras cosas parecidas.
Esto es, en resumen, en lo que esta ciencia se
ocupa.
Ciencia de la música
Se ocupa, en resumen, en dar a conocer las clases de
los sonidos, de qué se componen, sobre cuáles puede hacerse la composición y
cómo, y por qué estados [variaciones] es necesario que pasen hasta que su modo
llegue a ser perfecto y completo. Lo que con este nombre se conoce son dos
ciencias: ciencia de la música práctica, y ciencia de la música teórica.
La música práctica es aquella que tiene por objeto
encontrar los diversos sonidos perceptibles en los instrumentos que se
enumeran, ya sean naturales, ya artificiales. Los instrumentos naturales son:
la garganta, la úvula con las cosas que las componen, y, además, la nariz; los
artificiales son: las flautas, los laúdes. El músico práctico solamente ejecuta
las melodías y sonidos con todas sus propiedades, en cuanto que están en los
instrumentos de los cuales se arrancan.
La música especulativa da la ciencia de los sonidos,
que es inteligible (?), da las causas de todo aquello que entra a componer los
sonidos, no en cuanto que están en una materia, sino en absoluto y en cuanto
que están separados de todo instrumento o materia; los toma en cuanto que son
oídos en general, y averigua en qué instrumento se producen y en cuál no se
producen.
Se divide la música especulativa en cinco grandes
partes: 1ª, el tratado de los principios y primeras cosas que se deben emplear
para la deducción de lo que hay en esta ciencia; de cómo se deben emplear estos
principios; por qué métodos fue inventada esta arte, y de qué cosas y de
cuántas se compone y de cómo conviene que se investigue lo que hay en ella; 2ª,
el tratado sobre los fundamentos de esta arte, que abarca el tratado sobre el
origen de los neumas, el conocimiento de cuánto es su número, cuántas son sus
clases, las demostraciones de la relación de unos a otros y las demostraciones
de todo esto; y el tratado sobre las clases de sus sitios y sus órdenes, con
los cuales se pone de acuerdo para que tome de ellas cada uno lo que quiera y
con ellas componga las melodías; 3ª, el tratado de la adaptación a lo
demostrado en los principios, las frases y las demostraciones sobre las clases
de instrumentos artificiales que con ellos se preparan, y del invento de todos los
instrumentos y su sitio en ellos, según la medida y el orden que se demuestran
en los principios; 4ª, el tratado sobre las clases de los acordes naturales que
son las medidas de los neumas; 5ª, acerca de la composición de las melodías en
general; además, acerca de la composición de las melodías completas, que son
las utilizadas en frases poéticas compuestas según orden y regla; y acerca de
la cualidad del arte de ellas, según cada una de las intenciones de las
melodías; y la enseñanza de las melodías con las cuales se hacen más perfectas
y más eficaces para la consecución del fin para que fueron compuestas.
Ciencia de los pesos [mecánica]
Considera lo propio de los pesos de dos modos: o
tratando de los pesos en cuanto que miden o se mide con ellos, y esto es el
examen de los fundamentos del tratado de las balanzas, o tratando de los pesos
que se mueven o con los que se mueve, y esto es el examen de los fundamentos de
los instrumentos con los que se elevan las cosas pesadas y sobre los cuales se
las traslada de un lugar a otro.
Ciencia de la ingeniería
Es la ciencia del modo de ordenar sobre la
adaptación de todo aquello cuya existencia se demuestra en las ciencias que se
han mencionado y demostrado, acerca de los cuerpos físicos, su invención, su
sitio en las [ciencias] in actu. Pues todas estas ciencias solamente estudian
las líneas, las superficies, los cuerpos, los números y las demás cosas que
estudian, en cuanto que están consideradas como inteligibles separadas de los
cuerpos físicos; y se necesita para la invención de todo esto y para su
manifestación, voluntad y arte empleadas en los cuerpos físicos y sensibles,
con las cuales se prepare su invención en ellos y su adaptación sobre ellos,
antes que las materias y los cuerpos sensibles, circunstancial y
accidentalmente, tengan algún obstáculo que impida colocar en ellos lo que ha
sido demostrado con pruebas que pide ser colocado en ellos, por cualquier medio
que esto suceda; por el contrario, es preciso que se allanen los cuerpos
físicos para recibir en sí mismos lo que les corresponde de esta invención y se
faciite la remoción de los obstáculos.
Las ciencias de los ingenieros son aquellas que dan
los modos del conocimiento en las direcciones y los métodos en la facilidad
[para remover los obstáculos] para la invención de esta arte y su
exteriorización in actu en los cuerpos físicos y sensibles.
La ciencia de los ingenios una es aritmética, y
tiene muchos respectos, y otra es la ciencia conocida entre nosotros por
Algebra y Mocábala y lo semejante a esto. Pues esta ciencia es común con la
aritmética y la geometría y se ocupa de los modos de dirección en la invención
de los números que se deben usar, según los principios que da Eucices sobre los
racionales y los sordos, en la cuestión décima de su libro de los Elementos, y
según lo que no se cita en esta cuestión. Porque como que la relación mutua de
los racionales y los sordos entre sí es como la relación de unos números a
otros, todo número corresponde a una magnitud, ya sea racional, ya sorda; y si
se encuentran los números que sean correspondientes a la relación de las
magnitudes, se habrán encontrado estas magnitudes en cualquier aspecto. Por
esto se ponen algunos números racionales para que sean correspondientes a las
magnitudes racionales, y algunos números sordos para que sean correspondientes
a las magnitudes sordas.
Las ciencias de los ingenios geométricos son muchas,
entre ellos el arte de los órdenes de albañiles; el ingenio geométrico acerca
de la medición de los distintos cuerpos; el ingenio en el arte de los
instrumentos astronómicos y músicos, y el número de los instrumentos de muchas
artes prácticas, como, por ejemplo, los arcos y las clases de armas; y el ingenio
óptico en el arte de los instrumentos que dirigen la vista para comprender las
realidades de las cosas que son vistas lejos de nosotros, y en el arte de los
espejos y en la colocación de los espejos en los lugares en los cuales se
devuelven los rayos para reflejarse, convertirse o refractarse, y de aquí
también la colocación en los lugares en los que se devuelven los rayos del sol
a otros cuerpos; y de aquí proviene al arte de los espejos comburentes y el
ingenio acerca de ella; y el ingenio en el arte en los pesos extraordinarios y
de los instrumentos de muchas artes.
Estas y cosas parecidas integran las ciencias de los
ingenios, que son los principios de las artes civiles prácticas, que se emplean
respecto de los cuerpos, las figuras, los sitios, el orden y la medida, como
las artes de los albañiles y carpinteros.
Tales son las ciencias matemáticas y sus especies.
Artículo IV
Sobre la ciencia física y la ciencia
metafísica
La ciencia física estudia los cuerpos físicos y los
accidentes que existen en estos cuerpos; y da a conocer las cosas de las
cuales, por las cuales y con las cuales existen estos cuerpos y los accidentes
que en ellos hay.
Los cuerpos físicos unos son artificiales y otros
naturales. Artificiales son, por ejemplo, el cristal, la espada, la cama, la
tela, y, en resumen, todo aquello que existe por el arte y por la voluntad del
hombre; naturales son aquellos que existen no por el arte o por la voluntad del
hombre, como los cielos, la tierra y lo que hay entre ellos, las plantas y los
animales. La disposición de los cuerpos naturales en este respecto es como la
disposición de los cuerpos artificiales, es decir, que los cuerpos artificiales
tienen cosas en, de, por y para las que existen; y estas cosas se manifiestan
más claramente en los artificiales que en los naturales.
Los accidentes que existen en los cuerpos
artificiales son, por ejemplo, el lustre de la tela, el brillo del sable, la
transparencia del cristal y el tallado de la cama. Las cosas para las que
existen los cuerpos artificiales son los fines y las intenciones por las que se
hacen: por ejemplo, la tela se hace para vestir, el sable para herir al
enemigo, la cama para preservarse con ella de la humedad de la tierra, y para
las demás cosas para las cuales y por las cuales se hace la cama, y el cristal
para guardar en él lo que en otras vasijas no es de creer que se transparente.
Los fines y las intenciones por las que existen los
accidentes que están en los cuerpos artificiales son, por ejemplo, el brillo de
la tela para que con ella se embellezca, el refulgir del sable para espantar al
enemigo, el tallado del lecho para embellecer su vista, la transparencia del
cristal para que se vea lo que se pone dentro de él.
Las cosas por causa de las cuales existen los
cuerpos artificiales son los artistas y los constructores, por ejemplo, el
carpintero, por el que existe la cama; el bruñidor, por el que existe la
espada. Las cosas por las cuales existen los cuerpos artificiales son dos en
cada cuerpo artificial, por ejemplo, respecto de la espada; la espada existe
por dos cosas: el ser puntiaguda y el hierro, pues el ser puntiaguda es su
figura y su forma y por ello cumple su acto, y el hierro es su materia y su
sujeto, que es como el que sostiene su forma y su figura; la tela también
existe por dos cosas: por el hilo y por el enlace de su trama en la urdimbre;
el tejido es su forma y su figura y el hilo es como el sostén del tejido y su
sujeto y su materia; la cama también existe por dos cosas: la cuadratura y la
madera; la cuadratura es su forma, y la madera es su materia, lo que sostiene
la cuadratura; y lo mismo sucede con el resto de los cuerpos artificiales. Y
por la reunión de estas dos cosas y su acuerdo resulta la existencia de cada
una de ellas dos in actu y perfectamente y su esencia.
Cada cosa de estas solamente obra o es hecha, se
emplea o se utiliza en cualquier caso para el que ha sido formada, cuando su
forma se adhiere a su materia; pues la espada sólo se perfecciona con la forma
puntiaguda, la tela únicamente es útil cuando la trama ha terminado de tejer
sus hilos; y otro tanto ocurre con los demás cuerpos artificiales.
Esta es la cualidad de los cuerpos naturales, pues
sólo existe cada uno de ellos por la intención y el fin. Y asimismo sucede en
toda cosa o accidente de los cuerpos naturales, pues solamente existen por un
fin o intención; y todo cuerpo y todo accidente que en él se halle, tiene un
agente y un creador, del cual recibe la existencia.
El ser y los accidentes de cualquier cuerpo natural
depende de dos cosas: una, la que en él hace las veces del ser puntiaguda en la
espada, que es la forma de aquel cuerpo natural; otra, la que en él hace las
veces del hierro de la espada en la espada, que es la materia del cuerpo
natural, y el substratum y como el recipiente de su forma también; con la única
diferencia que la forma y las materias de la espada, la cama, la tela y los
demás cuerpos artificiales se comprueban con la vista y con los sentidos, como
el ser puntiaguda la espada y su hierro, la cuadratura de la cama y su madera.
La forma de las cualidades y las materias de los
cuerpos naturales no son sensibles, y solamente nos consta de su existencia por
el raciocinio y la demostración apodíctica, lo mismo que ocurre también con
muchos cuerpos artificiales, que no tienen formas sensibles: por ejemplo, el
vino, que es cuerpo que se fabrica artificialmente, y la virtud que tiene de
embriagar no se aprecia por los sentidos y sólo se conoce su existencia por sus
actos: esta virtud de embriagar es la forma del vino, y hace respecto del vino
las veces del ser puntiaguda respecto de la espada, puesto que por esta virtud
es por lo que el vino perfecciona su acto de embriagar. Otro tanto ocurre con
las medicinas compuestas por arte de la medicina, v. gr., la triaca y semejantes;
ellas sólo obran en el cuerpo humano por la virtud que en ellas resulta de la
composición, y esta virtud no es sensible, sino que se comprueba por los
efectos físicos que de ella se derivan. Toda medicina es tal medicina por dos
cosas: la mezcla, de la cual se compone, y la virtud, por la cual desarrolla su
acto de curar: la mezcla es la materia, y la virtud por la cual cumple su acto
es la forma; y si se anula esta virtud para ser medicina, es como si se le
quita a la espada el ser puntiaguda, que entonces ya no será espada, o como si
a la tela se le quita la urdimbre de sus hilos en la trama, que dejará al
momento de ser tela.
De esta misma manera conviene que se entienda la
forma y la materia de los cuerpos naturales; pues siendo tales que no se comprueban
al exterior, los efectos vienen a ser como las materias y las formas, con cuyos
efectos se comprueba la existencia de las materias y de las formas en los
cuerpos artificiales. Sirva de ejemplo el cuerpo ojo y la virtud que en él hay
para la visión; o el cuerpo mano y la virtud que tiene de coger; o cualquiera
otro de los miembros del cuerpo humano: pues la potencia visual no se ve ni se
comprueba con ninguno de los efectos sensibles posteriores, sino que solamente
se comprende intelectualmente.
Esta última potencia o virtud que hay en los cuerpos
naturales se llama forma o figura, por método de analogía con la forma de los
cuerpos artificiales, pues la forma, la figura y la conformación exterior
vienen a ser nombres sinónimos que indican entre el vulgo las figuras de los
animales y de los cuerpos artificiales, y se trasladan y ponen estos nombres a
la virtud y a las cosas que en los cuerpos naturales hacen las veces de la
conformación, la forma o la figura en los cuerpos artificiales por un método de
analogía; pues es costumbre en las artes dar a las cosas el nombre con que
suele nombrarlas el vulgo según el parecido o analogía de estas cosas. Y las
materias de los cuerpos, sus formas, su causa eficiente y sus fines, por los
que existen, se llaman principios de los cuerpos; y si se refieren a los
accidentes de los cuerpos, se llaman principios de los accidentes que hay en
los cuerpos.
La ciencia física da a conocer los cuerpos
naturales, poniendo de manifiesto lo que en ellos es sensible, o demostrando lo
que en ellos es inteligible. De todo cuerpo natural enseña la materia, la
forma, la causa eficiente, la causa final, razón por la cual este cuerpo
existe; y otro tanto dice respecto de los accidentes de los cuerpos, pues
enseña las sustancias en que radican, las cosas que son causas eficientes de
ellos, los fines por los cuales existen tales accidentes. Esta ciencia, pues,
da los principios de los cuerpos naturales y los principios de sus accidentes.
Los cuerpos naturales unos son simples y otros compuestos:
simples son aquellos cuya existencia no depende de otros cuerpos distintos de
ellos; y compuestos, aquellos cuya existencia depende de otros cuerpos
distintos.
Se divide la ciencia física en ocho grandes partes:
1ª Trata de aquello en que convienen los cuerpos
naturales todos, tanto simples como compuestos: todo ello se trata en el libro
de naturali auditu.
2ª Se ocupa en si existen los cuerpos simples, y en
caso afirmativo, de cuáles cuerpos sean y cuánto su número. Es, pues, el
estudio del mundo: qué sea, cuáles sus partes primeras y cuántas, si en total
son tres o cinco; y el estudio del cielo y su distinción de las demás partes
del mundo, y que su materia es una sola: esto se trata en la parte primera del
tratado primero del libro de coelo et mundo. Examina luego los elementos de los
cuerpos compuestos; si están en los simples cuya existencia se ha demostrado, o
son cuerpos distintos salidos de aquéllos; si están en aquéllos y no es posible
que hayan salido de ellos; si son el todo o sólo parte de ellos, y si son
parte, qué parte de ellos son; estudia también si se pueden comprobar o no, y
las demás cosas que se comprenden hasta el fin del tratado primero del libro de
coelo et mundo. Trata después de aquello en que convienen todos los cuerpos simples,
qué cosas son elementos y principios de los cuerpos compuestos y qué otras
cosas no son elementos de ellos: es el estudio del cielo y de sus partes, y
está en el principio del tratado segundo del libro de coelo et mundo, hasta
cerca de sus dos terceras partes. Estudia después lo que es propio de las
partes que no son elementos, de los principios y los accidentes que llevan
consigo: esto es la materia del final del tratado segundo, y del tercero y
cuarto del libro de coelo et mundo.
3ª Se ocupa acerca de la generación de los cuerpos
naturales y de su corrupción en general, y acerca de las cosas inherentes a
éstos; estudia cómo se engendran los elementos y cómo se corrompen, y cómo
después se engendran de ellos los cuerpos compuestos, y de los principios de
todo esto, que es objeto del libro de generatione et corruptione.
4ª Trata de los principios de los accidentes y de
los efectos propios de los elementos únicamente, con exclusión de los
compuestos de ellos: materia ésta del tratado primero de los tres del libro de
impressionibus superioribus.
5ª Se ocupa en el estudio de los cuerpos compuestos
de elementos: estos cuerpos son: unos de partes semejantes y otros de partes
desemejantes; los de partes semejantes son también de dos clases: unos,
aquellos de cuyas partes se componen los de partes desemejantes, como la carne
y el hueso; otros, los que no son parte que sirva de fundamento a un cuerpo
natural de partes desemejantes, v. gr., la sal, el oro y la plata. Estudia,
además, aquello en que convienen todos los cuerpos compuestos de partes
semejantes, bien sean sus partes de partes desemejantes, bien no lo sean. Todo
esto figura en el tratado cuarto del libro de imp ressionibus superioribus.
6ª Contenida en el libro de los minerales, considera
los cuerpos compuestos de partes que no son partes desemejantes; éstos son los
cuerpos minerales, las piedras y sus distintas clases y las diversas especies
de minerales, y lo que es propio a cada especie de ellas.
7ª Contenida en el libro de las plantas, trata de
aquellas cosas en que convienen las especies de plantas, y de aquellas cosas
que son propias de cada especie; lo cual es una de las dos partes del estudio
acerca de los compuestos de partes desemej antes.
8ª Contenida en el libro de los animales y en el
libro del alma, estudia aquello en que convienen las diversas especies de
animales y lo que es propio a cada una de ellas, y es la parte segunda del
estudio sobre los compuestos de partes desemej antes.
Da, pues, la ciencia física en cada especie de estos
cuerpos sus cuatro principios y los accidentes que siguen a estos principios.
Este es el resumen de lo que estudia la ciencia
física, y éstas son sus partes y todo lo que se refiere a cada una de ellas.
Tratado de la ciencia metafísica
Se contiene todo este capítulo en el libro de Aristóteles:
Sobre lo que hay más allá de lo físico.
La metafísica se divide en tres partes:
La 1ª trata de las esencias y de sus accidentes, en
cuanto que son esencias.
La 2ª trata de los principios de las demostraciones
en las ciencias especulativas particulares, y es la que determina a cada
ciencia por la especulación de una esencia propia, v. gr., la Lógica, la
Geometría, la Aritmética y las demás ciencias últimas particulares que se
parecen a éstas; se ocupa también de los principios de la ciencia de la Lógica,
de los principios de las ciencias matemáticas y de los principios de la ciencia
física, busca la verdad de ellas y enseña sus propiedades características;
estudia las opiniones erróneas que los antiguos expusieron acerca de los
principios de estas ciencias, por ejemplo, la opinión de los que creían que el
punto, la unidad, las líneas y las superficies eran sustancias y separadas, y
otras opiniones semejantes a éstas sobre los principios de las restantes
ciencias, opiniones que destruye y cuya falsedad demuestra.
La 3ª parte trata de las esencias que no son
cuerpos, ni están en cuerpos. Acerca de ellas estudia primero si es esencia o
no, y demuestra que es esencia; luego si son muchas o no, y prueba que son
muchas; después si son finitas o no, y demuestra que son finitas; luego si son
igualmente perfectas o son diferentemente perfectas, demostrando que son
distintas en perfección. Demuestra seguidamente que estas ciencias, según su
multitud, se elevan desde las más imperfectas hasta las más perfectas, y que
las más perfectas llegan hasta un límite último de perfección, más allá del
cual no es posible ya que se encuentre algo más perfecto ni es posible que haya
cosa alguna que sea fundamento o causa en semejante grado de su ser, ni tenga
igual ni contrario; hasta llegar al ser primero, antes del cual no es posible
que exista ningún otro, al ser precedente, al cual no es posible que lo preceda
otra cosa alguna, al ser cuya existencia no es posible que se tome de otra cosa
alguna que sea su causa. Este es el ser eterno y primero en absoluto, el único.
Demuestra esta parte que los demás seres son
posteriores a aquél en la existencia, y que aquél es el uno, el primero, el que
da unidad a todos los demás seres fuera de él; que aquel ser es la verdad
primera, que da la verdad a los demás seres que tienen verdad. Y demuestra
también cómo hace esto; y que en aquel ser no es posible la pluralidad por
ninguna causa ni manera, sino que él es, por el nombre y por la significación,
más uno, más ser, más verdad que cualquier cosa fuera de él, a la que se llama
una, o ser o verdad. Demuestra, finalmente, que este ser que tiene estos
atributos es el que debe creerse que es Dios (¡grandes sean sus alabanzas!); y
considera todos los demás atributos que se han descrito, aplicados a Dios
(¡ensalzado sea!), hasta que los enumera todos.
Enseña después cómo las esencias vienen al ser por
El y cómo los seres provienen de El. Trata luego del orden de las esencias y de
la manera en que resulta este orden, y a qué cosas hay que mirar en cada una
para ponerla en el orden en que está. Demuestra el modo de la relación entre
ellas y de su armonía, y con qué cosas se produzca esta armonía y relación. Va
considerando luego las restantes operaciones de Dios (¡grandes sean sus
alabanzas!) en las esencias, hasta enumerarlas todas. Demuestra que El, en sus
operaciones, no tiene injusticia, ni defecto, ni duda, ni mala conducta, ni mal
proceder, y, en suma, que no hay defecto o imperfección ni mal alguno en estas operaciones.
Refuta, por fin, las opiniones erróneas acerca de
Dios (¡multiplíquense sus alabanzas!) y de sus operaciones, de las cuales
opiniones resulta una imperfección en El y en sus actos, y en las esencias que
El ha creado; y todos estos errores los destruye esta ciencia con
demostraciones que alcanzan tal certeza que los hombres no pueden abrigar duda
alguna, ni tener preocupación siquiera de sospecha, ni posibilidad de apartarse
de El por causa alguna.
Artículo V
Sobre la ciencia política, la ciencia
del derecho y la teología
La ciencia política se ocupa de las diversas clases
de acciones y costumbres voluntarias, de los hábitos, caracteres, inclinaciones
y disposiciones naturales, de los cuales derivan aquellas acciones y
costumbres; de los fines por los cuales se obra; de cómo conviene que existan
en el hombre, y cuál es la manera de ordenarlos en la dirección en que conviene
que existan en él, y la manera de conservarlos. Distingue entre los fines por
los cuales se realizan las acciones y se usan las costumbres; demuestra cuáles
de ellas producen en realidad la felicidad, y cuáles se supone que son causa de
felicidad, sin que realmente la produzcan; y que aquellas que en realidad son
la felicidad, no es posible que existan en esta vida, sino en otra vida después
de ésta, que es la vida futura. Las cosas en las que se supone la felicidad
son, por ejemplo, la riqueza, los honores, los placeres cuando se les toma como
único fin en este mundo.
Analiza las acciones y las costumbres, y demuestra
que aquellas de las cuales se obtiene lo que realmente es felicidad, son las
obras buenas, honestas y virtuosas, y las que no producen esto son las malas,
deshonestas e imperfectas; que la causa de que existan en el hombre es para que
los actos y costumbres buenos sean puestos en práctica en las ciudades y en las
colectividades ordenadamente y se cumplan en común. Demuestra que todo esto no
puede adquirirse sino mediante una autoridad, con la cual sean posibles las
acciones y costumbres, las disposiciones naturales, los hábitos y los
caracteres en las ciudades y en las colectividades, y la cual se esfuerce a que
todo esto se guarde para que no desaparezca. Esta autoridad no se obtiene sino
mediante un poder y un hábito, de los cuales deriven las acciones capaces de
hacerlos posibles y las acciones capaces de consolidar los que hayan aparecido.
Tal poder es el reino y la realeza, u otro nombre que quiera el hombre darle;
la política es el efecto de esta fuerza.
La autoridad es de dos clases: una, que hace
posibles las acciones, costumbres y hábitos voluntarios, de los que
naturalmente se deriva lo que realmente es la felicidad, y ésta es la autoridad
buena, y las ciudades y colectividades que obedecen a esta autoridad son las
ciudades y colectividades buenas; y autoridad que hace posibles a las ciudades
acciones y disposiciones de las cuales se derivan cosas que parece que son
felicidad, sin que realmente lo sean, y ésta es la autoridad ignorante. Esta
última clase se subdivide en otras muchas, y cada una de ellas toma el nombre
del fin que se propone y sirve, y serán tantas como sean las cosas que busque
en calidad de fines o intenciones; si busca las riquezas, se llamará autoridad
de la avaricia; si va tras los honores, se llamará autoridad de la vanagloria;
y si se preocupa de otra cosa distinta, será nombrada con el nombre de las cosa
que tenga por fin.
Demuestra que el poder real bueno se compone de dos
fuerzas: una, la fuerza que se funda sobre las leyes universales; otra, la
fuerza que el hombre adquiere mediante la producción de acciones civiles y
mediante las prácticas de operaciones en los caracteres; y los individuos en
las ciudades adquieren la práctica y la prudencia en tales operaciones después
de larga experiencia y ejemplo, al modo que sucede con el médico: éste, en
efecto, llega a ser práctico perfecto mediante dos fuerzas: una, obtenida por
las generalidades y reglas que ha sacado de los libros de medicina; otra, que
resulta en él después de la repetición continua de acciones de medicina en los
enfermos, y la prudencia en tales acciones adquirida mediante las prácticas y
los ejemplos vistos en los cuerpos de los individuos. Con esta virtud puede el
médico graduar los medicamentos y los tratamientos de cada cuerpo en cada caso.
De la misma manera la fuerza real, con aquel poder y
aquella experiencia, puede estimar los actos según cada accidente, condición,
ciudad o tiempo.
La filosofía política de las reglas generales en
todo lo que a ella toca respecto de los actos, costumbres, hábitos voluntarios
y demás asuntos en que se ocupa, y da también los planes para medir estas
acciones en cada caso y en cada tiempo, y enseña cómo, con qué y con cuánto hay
que medirlas; después los deja sin medir, porque la medida del acto se hace con
otra fuerza distinta de este acto, cuya condición es que se una al acto y vaya
con él, pues los caracteres y las intenciones, en cuanto son capaces de medida,
son indefinidos y no se comprenden en esta medida.
Esta ciencia tiene dos partes: la parte que trata
del conocimiento de la felicidad, y distingue lo que en realidad lo es de lo
que solamente se cree que lo es, y se ocupa del catálogo de las acciones,
hábitos, caracteres y disposiciones naturales voluntarias generales, cuya
propiedad es que se repartan en las ciudades y en las colectividades; distingue
las virtuosas de las que no lo son; se ocupa en ordenar las inclinaciones y las
costumbres buenas en las ciudades y colectividades, y en enseñar los hábitos
con los cuales son posibles acciones y costumbres virtuosas. Ordena las gentes
ciudadanas y los actos por los cuales se guarda lo ordenado y es posible entre
ellas guardarlo. Enumera luego las distintas clases de fuerzas reales no
virtuosas, cuántas son y cuáles; enumera las acciones tocantes a cada una y qué
hábitos y caracteres abarca cada una para que sea posible su existencia en las
ciudades y colectividades, y para que las gentes ciudadanas, que viven debajo
de la autoridad, consigan el fin que se proponen con esta vida social.
Todo esto se contiene en el libro de Política, es decir,
en el libro del Gobierno de Aristóteles y en el libro del Gobierno de Platón y
en otros libros de Platón y de otros autores. Y demuestra que todas estas
acciones, hábitos y costumbres [no virtuosas] son como las enfermedades
respecto de las ciudades virtuosas. Las acciones y los hábitos, propios de las
fuerzas reales, son como las enfermedades de los actos reales virtuosos; y los
hábitos y costumbres propios de esta clase de ciudades, son como las
enfermedades de las ciudades virtuosas.
Estudia luego la cantidad de causas, ocasiones y de
motivos por cuyo respecto no conviene que se cambie la autoridad virtuosa, ni
las costumbres de las ciudades virtuosas en costumbres y hábitos de ignorancia,
y junto con esto se ocupa en las clases de acciones con las cuales se afirman
las ciudades y las autoridades virtuosas para que no se corrompan y cambien en
no virtuosas; y estudia también los modos y las habilidades de gobernar, y los
medios que es preciso poner en práctica, cuando se han convertido en ignorantes
las ciudades, para que vuelvan a la primitiva situación. Demuestra, además,
cuántas cosas integran la fuerza real buena, pues unas son las ciencias
especulativas y prácticas, y ellas tienen una fuerza adjunta, resultante de la
práctica tenida durante la repetición de los actos en las ciudades y
colectividades, y ella es la fuerza por cuyo respecto se inventan las leyes con
las cuales son posibles las acciones, hábitos y costumbres según cada tribu, o
cada ciudad, o cada pueblo, y según cada condición o accidente. Prueba también
que la ciudad virtuosa solamente perdura virtuosa y no se cambia, cuando sus
reyes mandan en todos los tiempos con las mismas leyes en sus ministros, de
manera que el segundo, que sucede al antecesor, tenga las mismas formas y leyes
que el otro, y que gobierne sin interrupción y sin separación.
Enseña qué es lo que conviene hacer para que no se
interrumpa el gobierno de los reyes. Muestra qué condiciones y caracteres
naturales conviene buscar en los hijos de los reyes y en otras personas de esta
clase, de modo que por ellos sea digno de ser elegido uno rey, después que
falte el que gobierne; enseña qué conducta debe seguir aquel en quien se hallan
estas condiciones naturales y cómo conviene educarlo para que consiga adquirir
la fuerza real y llegue a ser un rey completo; y junto con esto conviene que no
sean nombrados reyes en manera alguna aquellos cuya autoridad sea ignorante.
Que no necesitan los reyes en ninguno de sus métodos y maneras de gobierno de
la filosofía, tanto especulativa como práctica, sino que, por el contrario,
conviene que llegue a conseguir su fin en la ciudad y en el pueblo puesto
debajo de su autoridad por medio de la virtud probada, que resulta de la
continuidad de aquel género de actos de los cuales se deriva su fin y con los
cuales llega a conseguir su propósito respecto de las buenas obras, cuando
coincide en la misma persona una virtud natural sensible superior, capaz de
inventar lo que necesita respecto de los actos de los cuales se deriva el bien,
que es su fin, utilizando los placeres o los honores u otras cosas parecidas, y
capaz de relacionar con todo esto la excelencia de la imitación de los reyes
que le han precedido y cuyas intenciones eran las mismas suyas.
Arte del Derecho es aquella por la cual el hombre
puede hallar la determinación de cualquier cosa no incluida paladinamente por
el legislador en su definición de la ley, por medio de otras cosas en ella
determinadas y definidas, y escoger la justificación de esto respecto del fin
del autor de la ley dentro de la religión que originó al fijar la ley para el
pueblo.
En toda religión hay que distinguir dogmas y
operaciones. Los dogmas son, por ejemplo, las afirmaciones establecidas
respecto de Dios (¡glorificado sea!) o de sus atributos, o respecto del mundo y
cosas semejantes; las operaciones son, por ejemplo, los actos con los cuales se
honra a Dios (¡glorificado y ensalzado sea!) y aquellos otros con los cuales se
obtienen las ordenanzas de las ciudades. Por esta causa la ciencia del Derecho
tiene dos partes: una que trata de los dogmas; otra que se ocupa en las
operaciones.
El arte del Kalam [teología escolástica] es una
propiedad por la cual el hombre puede defender los dogmas y los actos arriba
mencionados, exigidos por el fundador de la religión, y condenar todo lo que se
oponga a ellos por medio de razonamientos. Se divide también esta arte en dos
partes: una acerca de los dogmas, y otra acerca de las operaciones señaladas
por el fundador de la religión. El alfaquí acepta los dogmas y las operaciones prescritos
por el fundador de la religión sin examen y los toma
como principios para poder deducir de ellos las cosas obligatorias en la
religión. El mutakailim [teólogo] defiende las cosas que el alfaquí toma como
principios, sin que deduzca de ellas otras cosas nuevas. Y si se da el caso de
coincidir en la misma persona dominio de las dos materias, de modo que sea a la
vez alfaquí y mutakailim [teólogo], esa persona defenderá estas materias en
cuanto que es teólogo, y deducirá de ellas [reglas prácticas] en cuanto que es
alfaquí.
Respecto a los métodos e ideas con los que conviene
que las religiones sean defendidas, algunos mutakailims opinan que la religión
debe ser defendida, diciendo que los dogmas de las religiones y todos los
preceptos de ellas no es posible que se sometan a crítica mediante las ideas,
opiniones y razonamientos humanos, puesto que son de un grado superior a ellas,
ya que están tomados de una causa divina y en ellos hay misterios divinos que
la razón humana, por su debilidad, es incapaz de percibir y de alcanzar.
Además, la única manera de que el hombre saque
alguna utilidad de la religión y de la revelación está en que no las comprenda
por su entendimiento y no disminuya su inteligencia por ello; de no ser así, no
tendría la revelación ningún sentido ni utilidad alguna, puesto que al hombre
sólo aprovecha lo que conoce y lo que es posible, cuando lo medita, que lo
comprenda por su entendimiento. Y si fuese así, los hombres confiarían en su
inteligencia y no tendrían necesidad de la profecía ni de la revelación, pero
tampoco ejercerían en ellos estas dos cosas efecto alguno. De todo lo cual se
deduce que conviene que los conocimientos que las religiones enseñan al hombre
sean algo cuya comprensión no esté al alcance de nuestros entendimientos. Pero
no es esto sólo: sino que también sean algo que nuestras inteligencias no lo
repugnen, pues cuanto más repugnante [a nuestro juicio] es, tanto es más
provechoso.
En efecto, aquellas cosas, que las religiones
establecen, de las que repugnan a la razón y detestan nuestros prejuicios, no
son en realidad dignas de ser negadas ni absurdas, sino que son verdaderas
según el entendimientos teológico; pues el hombre, aunque alcance el límite de
la perfección en lo humano, viene a ser respecto del que está dotado de
entendimiento teológico como el niño y el joven inexperto en relación con el
varón perfecto; y así como muchos niños y hombres inexpertos niegan por su
entendimiento muchas cosas que en realidad no se deben negar, ni son imposibles
y a ellos les ocurre que lo son, así es la situación de quien ha llegado al
límite de la perfección en el entendimiento humano respecto de los
entendimientos teológicos. Lo mismo que el hombre, antes de que se eduque y se
instruya, niega muchas cosas y las detesta, y se imagina que son absurdas, y
cuando se educa en las ciencias y se instruye con la experiencia, deja de tener
tales opiniones, y las cosas que le parecían absurdas se transforman y vienen a
ser necesarias, y ahora, al definirlas, se maravilla de lo contrario de lo que
antes se maravillaba, así también el hombre perfecto en lo humano no rehusa
negar cosas y pensar que son imposibles, sin que realmente lo sean.
Por todo esto opinan estos teólogos que es preciso
demostrar la verdad de las religiones. Si el que nos dio la revelación de parte
de Dios es verídico y no se puede admitir que haya mentido, y prueba su
veracidad de dos maneras: o con los milagros que hace o que en sus manos se
manifiestan, o por los testimonios de personas veraces que le han precedido, cuyas
palabras, garantizando su veracidad y su carácter de representante de Dios
(¡multiplíquense sus alabanzas!) son dignas de fe, o de las dos maneras a la
vez; pues cuando nos certificamos de su veracidad por estas razones, y de que
no ha podido mentir, no debe quedar ya, respecto a las cosas que ha dicho,
resquicio a la razón para pensar, ni reflexionar, ni opinar, ni raciocinar. Por
estas causas y por otras semejantes creen éstos que deben defenderse las
religiones.
Otro grupo de mutakailims creen que deben defender
la religión, primero fijando todos los dogmas que impuso el fundador de ella,
con las mismas palabras con que éste las expresó; después estudiando a fondo
las tesis que constan por el testimonio de los sentidos, por la opinión
generalmente admitida y por el dictamen de la razón, y lo que de estas verdades
y de sus consecuencias lógicas encuentran atestiguando, aunque de lejos, algún
dogma de la religión, defienden con ellas ese dogma; y para lo que en ellas
encuentran contradictorio a algún dogma de la religión, si pueden interpretar
metafóricamente las palabras con las cuales expresó aquel dogma el fundador de
la religión de algún modo que armonice aquella contradicción, aunque sea una
interpretación inverosímil, lo interpretan así; pero si no pueden hacer esto, y
es posible condenar aquella tesis contraria [a la religión], o tomarla en un
aspecto que coincida con lo establecido en la religión, lo hacen.
Si las tesis generalmente admitidas por la opinión y
las admitidas por el testimonio de los sentidos se contradicen entre sí en
cuanto a servir de testimonios en favor de su dogma, como, por ejemplo, si las
verdades de evidencia sensible, o las derivadas de ellas, afirman una cosa, y
las tesis de sentido comúnmente admitido y sus derivadas afirman la contraria a
aquélla, entonces miran cuál de ellas es más probativa en favor del dogma, y la
aceptan, desechando la contraria, y condenándola. Y si no les es posible
interpretar el texto de la religión de manera que se armonice en una de esas
dos clases de verdades, ni tampoco tomar ninguna de estas verdades en un
sentido que se armonice con el dogma, ni tampoco ninguna de aquellas verdades
de evidencia sensible o de común sentir, o de razón natural que contradicen a
algún dogma, entonces creen que deben defender aquel dogma, diciendo
sencillamente que es verdad, porque lo dijo quien no puede suponerse que haya
mentido o que se haya equivocado. Dicen, pues, esos teólogos acerca de esta
parte de los dogmas religiosos lo que aquellos teólogos primeros dieron en
respuesta de todos los dogmas. Este método creen éstos que defiende
las religiones.
Un grupo de estos últimos opinan que las religiones
se defienden en estas cosas, es decir, en los dogmas que se supone que son
reprobables, examinando a fondo todas las demás religiones y recogiendo de
ellas los dogmas reprobables que éstas tienen; y si un sectario de estas
religiones quiere refutar algún dogma de los que hay en la religión de aquellos
teólogos, éstos le presentan alguno de los dogmas reprobables que hay en su
religión, y así lo apartan de su propia religión.
Otros, cuando ven que las tesis por las cuales se
quieren defender dogmas como éstos, no bastan para certificar con ellas tales
dogmas con certeza completa, hasta el punto de hacer callar a sus contrarios
con la confesión de su certidumbre y con la incapacidad de su contradicción
verbal, tornan entonces a emplear con el adversario cosas que lo injurian hasta
obligar a cesar en su contradicción, o por rubor, o por cansancio, o por temor
de algún peligro que le pueda sobrevenir.
Otros, considerando a su propia religión verdadera y
no dudando acerca de su verdad, opinan que deben defenderla respecto de los
demás, elogiándola como la mejor y suprimiendo lo que en ella hay de
reprobable, y rechazando a sus enemigos con cualquier cosa que les ocurra, sin
preocuparse de emplear la mentira, el sofisma, la calumnia o el desdén, pues, a
su juicio, quien se opone a ellos o a su religión, una de dos: o es enemigo, y
entonces es lícito emplear la mentira, y el sofisma para rechazarlo y vencerlo,
como ocurre en la guerra santa o en la guerra ordinaria, o no es enemigo, pero
que ignora, por la escasez de su inteligencia y de su discernimiento, la
felicidad, que obtendría practicando aquella religión, y entonces es lícito
procurar al hombre su propia felicidad, aunque sea por la mentira y el error,
como se hace con las mujeres y con los niños.
Fin
Muy glorificado sea el Dador de la ayuda e inteligencia, como de ello es digno. En el día 6 de Chumada el segundo, año 710 (1310).