El Nieto del Relojero
y
Rafael Aparicio Sánchez rafaaparicio@hotmail.com
1.
Los inicios
2.
Físicos
4.
La unión de otras dos: electricidad y magnetismo
6.
El último filósofo mecanicista
7.
El futuro de la física: El mundo es
complejo, pero no complicado
La
ciencia en la actualidad se parece a un reloj, y nosotros a traviesos niños.
Tenemos grandes secretos para descubrir, sobre como funciona el universo, y si
tocamos algo, es posible que rompamos el difícil equilibrio de nuestras
teorías, de tal suerte que la ortodoxia reinante puede castigar a los osados
que quieren ir más allá, que pueden romper o incluso marcar el reloj.
Cuando era pequeño, mi abuelo se quedó
prendado con un reloj que acababa de comprar su padre. Era un reloj de bolsillo
mecánico, de aquellos de principios del siglo XX, interesante época desde el
punto de vista científico. A ese niño le intrigaba como podía hacer una cosa
tan pequeña para indicar de forma tan exacta la hora. Lo único parecido que
existía para él era el reloj del pueblo que era muchísimo más grande. Era como
si hubieran reducido el campanario y lo pudiera tener en la mano. Con la
curiosidad de aquel que no mide los riesgos, esperó a que su padre durmiera, y
sin que este se diera cuenta y bajo el riesgo de ganarse una tunda de la época,
abrió la tapa del reloj. Maravillado, con los ojos como platos, pudo observar,
oír y sentir que aquello parecía estar vivo. Es difícil imaginar una sensación
así, en una época en la que aún no había coches por las calles ni aviones por
los aires. El sonido del reloj indicaba que estaba en movimiento, que tenía
corazón. Previendo el posible castigo y dada la complejidad del mecanismo, no
se atrevió a más que a observarlo, y cerró la tapa, no sin quedarse con una
tremenda ilusión por saber como podía funcionar aquello.
La segunda noche, cuando su padre
dormía de nuevo, le volvió a quitar el reloj con sigilo. Abrió la tapa, y se
atrevió a retirar un pequeño tornillo de la tapa trasera, la que escondía los
secretos. Su corazón iba a toda velocidad, mucho más deprisa que el corazón del
reloj, y su respiración entrecortada se podía oír. Las manos le temblaban
porque un simple rasguño en el reloj hubiera sido castigado gravemente: no se
tocan los juguetes de los adultos. Pero el interés por saber donde se escondía
el corazón de ese reloj, sin embargo, le motivaba todavía más. En un mes, todas
las piezas estaban sobre una mesa, distribuidas según habían sido desmontadas,
y vueltas a montar. Su padre, mi tatarabuelo, meses después cogió el reloj y lo
miró notando que algo extraño le ocurría. Y expresó en voz alta “¡Este reloj es
muy raro! Antes se retrasaba, y desde hace un par de meses va perfecto”. Desde
ese momento, mi abuelo decidió que quería ser relojero. Y el reloj del pueblo
no se paró hasta que se paró el corazón de este. Al no darle cuerda ese día,
ambos pararon el mismo día.
La ciencia en la actualidad se parece a
un reloj, y nosotros a traviesos niños. Tenemos grandes secretos para
descubrir, sobre como funciona el universo, y si tocamos algo, es posible que
rompamos el difícil equilibrio de nuestras teorías, de tal suerte que la
ortodoxia reinante puede castigar a los osados que quieren ir más allá, que
pueden romper o incluso marcar el reloj. Nadie se atreve a preguntarse que hay
en el núcleo, en el corazón de este, y corremos el riesgo de no averiguarlo
mientras laten los nuestros. Pero hay que pensar como un niño para que la
curiosidad sea más fuerte que el miedo a las autoridades de cualquier tipo,
incluso las propias.
El camino que se sigue para desmontar
el reloj es el mismo que se debe seguir para encontrar el funcionamiento del
universo: desde lo que observamos, hasta el corazón, yendo hacia atrás con
mucha cautela. Los no mecanicistas argumentarán que el mundo es más complicado
que un simple reloj... pero ciertamente, cuando uno lo ve desde fuera y no se
atreve a tocarlo, a sentirlo, a experimentarlo, a OBSERVARLO como un niño
temeroso, no puede más que realizar hipótesis. Hay que abrir el reloj hasta
llegar al corazón... sin miedo. ¿Será posible?
A lo largo de la historia de la física
ha habido muchos relojeros. Los primeros se dedicaron solo a mirar el reloj, a
sentir la emoción de ver que aquello estaba vivo y a realizar deducciones sin
desmontarlo. De entre ellos llama la atención Tales de Mileto, el primer
“físico” (en un sentido muy diferente al que entendemos en la actualidad).
Tales miró la maquinaria sin abrir el reloj, pero su genial pensamiento hizo
algunas aproximaciones como las que hace un niño antes de abrir la tapa: fue
capaz de predecir un eclipse de Sol sin prácticamente conocer porqué se
producía. Hay quien dice que conocía el ciclo, sin conocer el motivo. Estuvo
atento al movimiento del mundo, y ello le valió una gran fama. También es
cierto que mirando al cielo cayó a un pozo... una bella metáfora del filósofo,
siempre tan alejado del mundo práctico y real que suele estar en “las nubes”
como diría Aristófanes.
Anaximandro fijaba sus cábalas mentales
en un tema que podría pasar perfectamente por uno de los nuestros actuales
(salvando las evidentes distancias) en cuanto a su dificultad para unir cuatro
grandes elementos fundamentales, la tierra, el aire, el agua y el fuego. Se
planteó cuestiones lógicas como las siguientes ¿Cuál es la que compone todo?
¿Alguna de las cuatro o una quinta? ¿Cómo se generan? Anaximandro comenzó a
deducir que, si hubiera más fuego que agua en el mundo, este haría que el agua
se convirtiera en “aire”. Por lo tanto, los elementos mantenían un maravilloso
equilibrio. En la actualidad, los físicos se maravillan cuando observan la
relación entre las diferentes constantes “universales” y la gran precisión con
la que estas se mantienen, de tal modo que el mundo parecería especialmente
diseñado para que nosotros estuviéramos en él. El principio antrópico (en su
versión más fuerte o la débil) hablan de un sutil equilibrio entre las cuatro
fuerzas. En cierto modo, Anaximandro estaba teniendo las primeras ideas sobre
un “principio antrópico”, si bien él no la denominaría así.
Ahora, nos preguntamos si existe una
quinta fuerza que las unifique todas, o una de ellas tiene una mayor o menor
influencia. Pero también tenemos el riesgo de querer mirar tan lejos que
pudiéramos caer en el pozo, porque creamos modelos matemáticos que utilizan 10
u 11 dimensiones para explicarnos el mundo, y nos vamos al mundo de las nubes,
alejándonos del de la realidad cada vez más.
Hubo algunos presocráticos que, mirando
asombrados la maquinaria del reloj, me dejan a mí asombrado. Como Filolao, que
pensaba que era la tierra la que giraba sobre un eje, estando las estrellas
quietas, y entre sus cuestiones se encontraba la de si se podría extender la
mano desde las estrellas. Leucipo y Demócrito completaron una larga lista de
pensadores hasta llegar a Sócrates, definiendo de una manera aproximada una
palabra que se quedaría en nuestro vocabulario físico y químico: átomo.
Galileo quería medir la velocidad de la
luz. Para ello instaló a un ayudante a una distancia en una colina, y él se
puso en otra, e intentó verificar si la luz tenía una velocidad medible. Los
resultados le indicaban que no, que esta viajaba a velocidad infinita.
Posteriormente Newton realizó la primera gran revolución de la física. Fue como
si alguien hubiera abierto la tapa y hubiera comenzado a ver el movimiento real
del mundo y, viendo las espiras-muelle que un reloj mecánico tiene dentro,
comenzara a deducir el corazón del mundo. Con el efecto de la doble refracción
en el prisma, Newton captó un rayo y de una luz blanca obtuvo un espectro.
Verificó que se creaba una banda de colores. Se suponía que la velocidad de la
luz blanca había sido llevada a diferentes velocidades, lógicamente todas ellas
inferiores a las de la luz blanca normal. Por ello, no se podían obtener en el
simple espectro, con este sistema, fotones con velocidades superiores a las de
aquella.
Newton se había intrigado con la
“acción a distancia” creyendo que existía una sustancia que llenaba los cielos
y que tal vez condujera la fuerza de la gravedad. Había que buscar el famoso
“eter lumínico”, que debería ser sólido y además saturar la materia
ordinaria... un material sólido, superrígido y maleable para no interponerse
ante el objeto más insignificante... no interferir ni el más mínimo parpadeo.
Para Huygens, la luz estaba compuesta
de minúsculas ondas. Según él, la luz violeta tenía que tener una longitud de
onda más corta que la azul. El cambio fue radical, tanto que su nombre bautiza
a una sonda, pero no pudo explicar porqué la luz no se comportaba como una onda
cuando se encontraba con sólidos. Y lo más importante, cómo podía una onda
viajar en el vacío.
Durante mucho tiempo estuvieron
peleándose estas dos teorías (una vez más, de dos elementos opuestos, cuando se
concilian, nace uno nuevo): si la luz era un corpúsculo, o una onda. Tuvo que
ser Thomas Young el que convencería a todos de que la luz era una onda. Esto
explicaba porqué que la luz puede pasar por dos sitios a la vez, porque tiene
una longitud de onda muy pequeña y por ello proyectan sombras, pueden
contornear un obstáculo solo si son mucho mayores que la longitud de onda —por
cierto muy pequeñas—, y solo los objetos cuyas dimensiones se asemejan a la
longitud de onda como los virus son los suficientemente pequeños como para que
puedan ser contorneados.
Austin-Jean Fresnel verificó que si un
objeto era lo suficientemente pequeño, la onda luminosa lo contornearía sin
dificultad. Y también Fraunhofer, y Henry Augustus Rowland... hasta que llegó
el espectroscopio. Todo ello, más las teorías del movimiento ondulatorio de la
luz hacía que la teoría de la luz como corpúsculo, se hubiera desmoronado...
poco a poco, el mecanismo del reloj se iba descubriendo, pieza a pieza.
Para medir la velocidad, la aventura
siguió con Olaus Roemer, que hizo sus pruebas con las lunas de Júpiter. Para
este investigador, teniendo en cuenta los errores de la época, la luz tenía una
velocidad de 225.000 km/s. Bradley haría algo similar con las estrellas
averiguando la velocidad de la luz con mayor precisión. Le siguió Fizeau con su
rueda dentada y Foucault con un espejo giratorio de rueda dentada. Foucault
verificó que la luz tenía diferentes velocidades en diferentes medios. Averiguó
que era notablemente inferior a la alcanzada en el aire, que concordaba con la
teoría ondulatoria de Huygens.
FitzGerald imaginó que ‘algo’
conspiraba contra el medidor, y añadió el “escorzo”, la compresión en al
dirección del movimiento. Lorenz promovió la idea de FitzGerald en el sentido
de que si se comprimía la carga de una partícula para reducir su volumen,
aumentaría la masa de dicha partícula. Por consiguiente, una partícula
voladora, escorzada en la dirección de su desplazamiento por la contracción de
FitzGerald debería crecer en términos de masa. A la velocidad de la luz, la
masa de una partícula debería ser infinita, y puesto que no puede haber ninguna
velocidad superior a la de la luz, no podría existir ninguna masa superior a la
infinita. El efecto se combinó en las ecuaciones de Lorenz-FitzGerald.
La contracción FitzGerald no se podía
medir, pero sí se podía medir el efecto Lorenz sobre las masas, indirectamente.
Al aumentar la velocidad de un electrón se acrecentaba la masa pero no había
razón para pensar que también lo haría la carga, por tanto la relación
masa/carga debería aumentar. En 1900 el físico alemán W. Kauffmann descubrió
que esa relación aumentaba con la velocidad, de tal forma que señalaba un
incremento de la masa del electrón, como predijeron las ecuaciones de
Lorenz-FitzGerald.
Michelson, utilizando el sistema
Fizeau-Foucault proyectando la luz en el vacío en vez del aire, averiguó que la
velocidad de la luz en dicho vacío era de 299.730 km/s, demostrando también que
todas las “longitudes de onda” viajaban a la misma velocidad en el citado
vacío. Lo que Michelson aún no había constatado, y evidentemente tampoco habría
imaginado, es que el vacío que el suponía no era auténtico vacío. Una vez
definida ‘exactamente’ la velocidad de la luz, con 299.727 Km/s, se aplicó para
medir distancias. Si la velocidad de la luz es constante, la distancia será la
velocidad constante de la luz por el tiempo (años luz).
La unión de otras
dos: electricidad y magnetismo
James Clark Maxwell abrió la tapa del
reloj del mundo y de los truenos. En aquellos momentos, como suele ocurrir
antes de un gran cambio y de forma similar a la actualidad, existían dos formas
de ver el mundo: la continental y la de Faraday. Maxwell consiguió discriminar
entre dos grandes teorías, y buscar el punto de unión, llegando a la
unificación de la física (hasta ese momento). Fue un momento apasionante: la
vieja y clásica física comenzaba un importante cambio. En un trabajo titulado
“On Faraday lines of force”, Maxwell comenzaba a realizar una gran unificación:
la de la electricidad con el magnetismo. Gran pensador, Maxwell consiguió
establecer las bases de los cambios que iban a propiciar la revolución
tecnológica más importante de la historia de la física. Hertz, Maxwell... y el
electromagnetismo abrían un campo tremendo que desarrolló la tecnología, hasta
el punto de que prácticamente toda la revolución tecnológica vino de la
combinación de estos descubrimientos con los clásicos mecánicos. La tecnología
desde entonces ha ido variando en cantidad (disminuyendo) pero no en cualidad.
Al parecer se había desmontado gran parte del reloj, pero aún no se había
desmontado del todo.
Casi la mayoría de los nombres de los
físicos nos resultan familiares (un newton, un maxwell, un faraday o un herzt
son unidades de medida utilizadas en física en honor a aquellos), pero hay
otros muchos nombres que no forman parte de unidades de medida, pero que han
sido de grandes pensadores, y que han llevado la física al lugar que se
encuentra hoy.
Por ejemplo, no existe un dirac, pero
sí que existe la función delta de Dirac. Dirac fue un matemático tímido y
reservado, que no se atrevía a recoger el Nobel. Pero tras esa timidez se
encontraba una osadía matemática sin precedentes. Utilizando la algebra más
avanzada, comenzó a trabajar con matemáticas no conmutativas, y desarrolló los
principios matemáticos de la mecánica cuántica. Tampoco existe una unidad de
medida llamada el Schrödinger, pero sí una fórmula llamada la fórmula de
Schrödinger, que es la base de la mecánica cuántica... para la cual son
precisos los hamiltonianos... ¿y que es un hamiltoniano? Al parecer, en el
mundo de las ciencias, los matemáticos forman parte de un grupo muy poco
conocido... o cuanto menos, poco laureado.
Hamilton fue otra de esas grandes
mentes. Fue el creador del algebra de números hipercomplejos (cuaterniones y
octoniones) y sentó las bases para las álgebras hipercomplejas. Caminaba por un
puente pensando en como conseguir un algebra 3D con números complejos de orden
superior... y se le ocurrió allí mismo las bases de los cuaterniones. Hoy en
día, una inscripción en el citado puente hace honor a él. En la actualidad,
cualquier videojuego, los programas de en el diseño y fabricación asistida por
ordenador CAD-CAM-CAE, la manipulación de naves en
También David Hilbert fue un matemático
peculiar. Decía que los físicos no entendían la física y propuso las 23
preguntas matemáticas que quedaban por resolver, una de las cuales dio lugar a
la máquina de Turing y la otra al teorema de Incompletitud de Gödel. Tuvo tanta
repercusión (en la ciencia, que no en fama) que sería impensable la física
actual sin él. Aunque tal vez Hilbert no nos suene tanto, si que puede sonarnos
que uno de sus amigos, otra pieza de este reloj que se va desmontando paso a
paso: Minkowsky, quien trabajaría con geometrías en cuatro dimensiones que
posteriormente utilizaría Albert Einstein para su teoría de
El último filósofo
mecanicista
El último filósofo, físico mecanicista,
determinista y realista fue Albert Einstein. Una vez desmontado todo el reloj,
y vuelto a montar, quedaron dos grandes piezas, y los componentes eran la
versión de la mecánica cuántica “dura” de Copenhague y la teoría de
La mecánica cuántica se le hacía muy
cuesta arriba, no porque no la entendiera, sino porque chocaba con sus
planteamientos filosóficos. Desde entonces, se produjo un cambio de paradigma
que no creo que haya beneficiado ni a la física, ni a la filosofía, ni a la
ciencia. La física ha cambiado su orden (o así lo creemos) frente a la
filosofía. Stephen Hawking dice que la física se ha hecho demasiado complicada
para los filósofos. En “La historia del tiempo”, casi al final indica este
nuevo paradigma de una forma esclarecedora: “En el siglo XVIII, los filósofos
consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y
discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los
siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemática para ellos,
y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos
redujeron tanto el ámbito de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más
famoso de este siglo, dijo: “la única tarea que le queda a la filosofía es el
análisis del lenguaje”. ¡Que distancia desde la gran tradición filosófica de
Aristóteles a Kant!”.
Stephen Weinberg indica todo un
capítulo de “El sueño de una teoría final” para indicar que la filosofía ha
dejado de ejercer su dominio sobre temas físicos. Y Leonard Susskind indica
“las reglas han cambiado: la filosofía sigue a la física, no la física a la
filosofía”. Incluso Gurthrie, en su clásica “Historia de la filosofía griega”,
deja paso a la física, dando entender que un filósofo no puede hoy en día
dedicarse a “temas tan complejos”.
La postura de Albert Einstein, y su
negación de la mecánica cuántica era filosófica. Su postura era determinista y
realista. Una de sus frases más interesantes es “hay que simplificar las cosas
lo máximo posible, pero no más”. Pero más famosa es la de “¿Está ahí la luna
cuando no la miramos?”. Este fue el título de un artículo en el cual Albert Einstein
evidenciaba que debía de existir algo más, que él denominó las “variables
ocultas”. Se trataba de una metáfora contra el observador ante el colapso del
sistema físico utilizado en la mecánica cuántica cuando este interfiere a
través de la medida. Pero alguien le devolvió la pelota, e ideó un experimento
mental que, en caso de poderse probar físicamente, daría al traste con la
teoría de la relatividad, o esta tendría que hacer concesiones. Era el
experimento de Aspect, basado en las Desigualdades de Bell. Según este, y de
forma simplificada, si dos “partículas elementales” partieran de un punto fijo
con un momento total dado, una de ellas se enteraría de la interacción sobre la
otra, incluso aunque la distancia fuera superior a la que la luz pudiera recorrer
en ese intervalo para influirle. Si se pudiera hacer ese experimento, Einstein
se encontraría en un callejón sin salida, porque o bien no había ninguna
variable oculta (y la función de onda podría describir perfectamente al
sistema), o bien la velocidad de la luz era superable. De cualquier modo,
perdía Einstein.
De momento nos encontramos con el reloj
desmontado, con gran cantidad de nombres, y ahora queda la parte que más miedo
da: volverlo a montar. Tenemos dos grandes piezas que hay que encajar antes de
que se despierte la autoridad de la duda. Y no parece que vaya a sonar el tic
tac del reloj.
El futuro de la
física: El mundo es complejo, pero no complicado.
En la actualidad, los físicos creen que
la física de supercuerdas tiene que ser coherente sólo matemáticamente. Es más,
indican que cualquier teoría de hoy en día, tiene que ser coherente teórica y
matemáticamente, solo. Es una falacia, puesto que toda ciencia, de un modo u
otro, tiene que comenzar en la realidad y volver a ella. Si no, nos situamos a
un nivel similar al de los presocráticos, cuya fuente de inspiración era el
mundo pero sus especulaciones no tenían una vuelta a este.
Pero ¿dónde falla la unificación de la
física en la actualidad? Lo siguiente no es más que un intento por parte de un
nieto de relojero, por hacer sonar el reloj. Hemos aprendido muy bien a
descomponer, a analizar, a especializar, pero no sabemos ver el reloj global.
Estamos excesivamente especializados, y puede existir un estudiante de exactas
puras, un físico puro, y un filósofo puro. Pero necesitamos mentes globales, y
potentes, como las citadas. Porque si no Hilbert dirá que un físico no entiende
la física, y un físico dirá que un filósofo no entiende la física. Y eso es
invertir el orden de montaje. No se puede poner la carcasa antes que el
mecanismo.
La excesiva especialización nos ha
llevado a construir grandes monstruos para desentrañar la materia, como el CERN
y los que se están pensando, de elevadísimos costes. Cuando Einstein fue a ver
el telescopio de Hubble, cuando este indicó que con ese equipo se podía ver el
pasado, la esposa de Einstein exclamó: “¡Mi marido lo averigua con la parte de
atrás de un sobre usado!”. La base matemática de la física es muy compleja para
los físicos, la base física de la física es muy poco accesible para los
matemáticos, y los ingenieros que son prácticos se dedican a hacer cosas
demasiado prácticas.
Si hubieramos nacido con visión
caleidoscópica. El mundo que veríamos sería bastante parecido a la verdad, muy
rico en detalles, pero estaría muy exagerado. La visión abarcaría todo el campo
visual en teoría, pero solo estaría reflejando una parte, y estaría todo
repetido. A cualquiera le podríamos decir que vemos todo lo que hay que ver,
pero nuestro campo de visión estaría restringido y a la vez expandido. Es lo
que ocurre con la mecánica cuántica: la fórmula de Schrödinger y de Dirac son
casos concretos, expandidos como un caleidoscopio, pero no generales. Se le
pide muchísimo a la función de onda, y a la fórmulas de Schrödinger y Dirac,
pero ambas están amputadas, les falta “algo”, y no es exactamente una
“variable” lo que está oculto, aunque hayan “variables ocultas”. Todo el mundo
lo sospecha pero nadie lo encuentra, y nadie hace sonar al reloj. Y el tiempo
pasa. Y el castigo acecha.
Pero para hacer funcionar el reloj, hay
algo de lo que estoy convencido. Y es que en el futuro:
1. Se va a volver sobre la naturaleza
de la luz, del fotón, y su velocidad va a ser revisada de constante a atenuada.
2. El tiempo volverá a ser reconsiderado:
volverá a ser absoluto.
3. Las dobleces que se producen en el
campo gravitatorio, se demostrará que no existen exactamente como las imaginaba
Einstein.
4. La gravitación emergerá como el
efecto que se produce cuando dos masas se “protegen” una a la otra de los
efectos del “medio”, un medio de gran movilidad en todas las direcciones.
5. Se reconsiderará (ya se hace) el
“vacío”, y se verá que es mucho más importante y menos vacío de lo que se
pensaba. De hecho, ya es así.
6. Se prestará mayor atención a
pensadores globalistas y no ortodoxos, con nociones de matemáticas, y física,
pero sobre todo con una gran vocación de la filosofía de la ciencia y el método
científico riguroso.
7. Volverá a plantearse la mecánica de
fluidos como un método para unificar la relatividad con la mecánica cuántica,
pero en base a unos fluidos diferentes a los conocidos, que operan en 4D.
8. La importancia la volverá a tener el
fondo, no la figura.
9. Se volverá a plantear poner el
sistema de referencia en este fondo, en ese fluido, que no es super rígido ni
super maleable como creían Michelson y Morley.
10. Las matemáticas se simplificarán y
se volverán más complejas a la vez. Los conceptos se abstraerán y los cálculos
serán más sencillos.
Mi abuelo quiso que alguno de sus
nietos fuera relojero. Siendo yo pequeño hay pocas anécdotas que pueda recordar
al respecto, pero sí que recuerdo que entró un chiquillo para que le arreglaran
el reloj que le acababan de regalar. Era de los primeros relojes digitales que
venían de Japón, y mi abuelo se quedó perplejo, no tanto porque no supiera lo
que le habían traído, sino porque él era un relojero de relojes mecánicos, no
de relojes electrónicos. Mi padre cogió el reloj, y me mostró como se ponía en
hora. Pensé que mi abuelo no sabía tanto como mi padre, y que mi padre era
mejor porque conocía mejor las nuevas tecnologías. Mi abuelo sonrió: sabía que
la profesión de relojero no es algo que se pueda transmitir si no es por la vía
de la pasión. Pero su hijo fue mecánico, y su nieto, ingeniero técnico
mecánico. Y hoy en día, un relojero está muy bien pagado... la última imagen
que recuerdo de él, es sentado, meditando, mientras los coches pasaban por la
calle, estas estaban ya asfaltadas, y sonaba un avión en la altura. Ya dicen
que cuando educas a tu hijo, educas a tu nieto.
Rafael Aparicio Sánchez